domingo, 8 de abril de 2012

DIAS DEL LIBRO .2. EVELIO JOSÉ ROSERO

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DIAS DEL LIBRO
.2.

EVELIO JOSÉ ROSERO
Invitado nacional a los Días del Libro
Certamen que se efectuará en el barrio Carlos C. Restrepo, Medellín,
los días 20 21 de abril del 2012


Evelio Rosero
  
Evelio José Rosero Diago (Bogotá, 20 de marzo de 1958) es un escritor y periodista colombiano, Premio Nacional de Literatura 2006.
Su familia se mudó a la ciudad de Pasto cuando Rosero estaba en un colegio de Bogotá, y fue en esa ciudad andina, en el sur de Colombia, donde pasó la muyor parte de su infancia; regresó a la capital ya adolescente; tanto sus estudios primarios como secundarios los hizo en establecimientos católicos, y de esos "años con los curas le quedó una rabia profunda".1 Después siguió la carrera de Comunicación Social y Periodismo en la Universidad Externado de Colombia.
Comenzó su carrera literaria publicando cuentos en las Lecturas dominicales de El Tiempo y el Magazín Dominical de El Espectador.2 En 1979, a sus 21 años, el relato Ausentes le vale su primer reconocimiento literario: el Premio Nacional de Cuento “Gobernación del Quindío”, publicado por el Instituto Colombiano de Cultura en el libro 17 cuentos colombianos. Tres años después, obtiene en México el Premio Iberoamericano de Libro de Cuentos Netzahualcóyotl, así como el Premio Internacional de novela breve La Marcelina, de Valencia, España, por Papá es santo y sabio. En este punto, Rosero viaja a Europa, en donde reside primero en París y luego en Barcelona.
Se inicia en la novela con la trilogía Primera vez, conformada por Mateo solo (1984), Juliana los mira ([[1986), novela ya traducida a cinco idiomas, y El incendiado 1988), que ganó el II Premio Gómez Valderrama a la mejor novela publicada en el quinquenio de 1988-1992. En este período también concluye una colección de cuentos en la que venía trabajando hace un tiempo, Cuento para matar a un perro y otros cuentos (1989). En 1991 publica la novela para niños Pelea en el parque; esta incursión en la literatura infantil es seguida por el libro de cuentos El aprendiz de mago (1992). Ese mismo año aparece su siguiente novela, Señor que no conoce la luna, tras la cual vendrá un período de trabajo en los géneros de cuento, Las esquinas más largas (1998), y teatro, Ahí están pintados (1998). En el 2000 publica dos novelas más, Cuchilla y Plutón, y luego, Los almuerzos ( 2001) y Juega el amor (2002).
Juliana los mira la comenzó en París y la terminó en Barcelona, dos ciudades en las que vivió unos años difíciles, según ha contado: en la capital francesa tuvo que "tocar la flauta, en el metro". En España "viví tres años a punta de vino pelión, como llamábamos con los amigos al vino barato".1
El año 2006 se puede marcar como un punto de inflexión en su trayectoria: publica su novela más aclamada y premiada hasta el momento, Los ejércitos, y el Ministerio de Cultura le otorga el Premio Nacional de Literatura como reconocimiento a toda una vida dedicada a la escritura. También en 2006 publica el poemario Las lunas de Chía. Los ejércitos obtiene en 2007 el II Premio Internacional de Novela Tusquets. La novela ha sido traducida a siete idiomas, y, en 2009, el diario inglés The Independent le otorgó el Foreign Fiction Prize, considerándola la mejor obra de ficción traducida al inglés.3

Premios y reconocimientos
 Premio Nacional de Cuento “Gobernación del Quindío” 1979 para Ausentes
 Premio Iberoamericano de Libro de Cuentos Netzahualcóyotl 1982 por Papá es santo y sabio
 Premio Internacional de novela breve La Marcelina 1982 por Papá es santo y sabio
 Beca Ernesto Sábado 1986
 II Premio Gómez Valderrama a la mejor novela publicada en el quinquenio de 1988-1992 para El incendiado
 Premio Nacional de Literatura 2006, otorgado por el Ministerio de Cultura como reconocimiento a toda una vida dedicada a la escritura
 Premio Tusquets de Novela para Los ejércitos 2006
 Foreign Fiction Prize 2009 para Los ejércitos, otorgado por The Independent en reconocimiento a la mejor obra traducida al inglés durante el último año.3

Obras
Novelas
·         Mateo solo. Entreletras, Bogotá. 1984
·         Juliana los mira. Anagrama, Barcelona. 1986
·         El incendiado. Editorial Planeta, Bogotá. 1988
·         Papá es santo y sabio. Calos Valencia Editores, Bogotá. 1989
·         Señor que no conoce luna. Editorial Planeta, Bogotá. 1992
·         Cuchilla. Editorial Norma, Bogotá. 2000
·         Plutón. Editorial Espasa-Calpe, Madrid. 2000
·         Los almuerzos. Universidad de Antioquia, Medellín. 2001
·         Juega el amor. Editorial Panamericana, Bogotá. 2002
·         El hombre que quería escribir una carta. Editorial Norma, Bogotá. 2002
·         En el lejero. Editorial Norma, Bogotá. 2003
·         Los escapados. Editorial Norma, Bogotá. 2006
·         Los ejércitos. Tusquets Editores, Barcelona. 2006
·         La carroza de Bolívar. Tusquets Editores, Barcelona. 2012

Poesía
 El eterno monólogo de Llo (poema novelado). Testimonio. 1981
 Las lunas de Chía. Fondo Editorial Universidad Eafit, Medellín. 2006

Libros infantiles
 El aprendiz de mago y otros cuentos de miedo. Colcultura, Bogotá. 1992
 Cuento para matar a un perro(y otros cuentos). Carlos Valencia Editores, Bogotá. 1989
 Las esquinas más largas. Editorial Panamericana, Bogotá. 1998
 Teatro
 Ahí están pintados. Editorial Panamericana, Bogotá. 1998
(Wikipedia)


Microcuentos de Evelio José Rosero
Crónica de un viaje por Chile
En ese viaje por Chile tuve la ocurrencia de tocar la dulzaina. Íbamos tres en el camión, sentados sobre costales. Atardecía. Me oían Antonio y Ramiro, que bebían vino de una cantimplora. Nos conocimos en Cuzco, y decidimos continuar el viaje a la Argentina. En la cabina del camión conducía un hombre viejo, pero recio, en compañía de su mujer y su hijo. Nos detuvimos en un pueblo fantasma, en la mitad de las arenas, para buscar agua. Un corrillo de hombres y mujeres aguardaba. "¿Alguno de ustedes tiene una dulzaina?", preguntaron.
Después de un silencio estupefacto, Antonio les dijo que no con la cabeza. Ramiro, sin embargo, no tuvo inconveniente en señalarme: "Éste lleva una dulzaina".
Habló uno de los hombres. "Mire, compadre -explicó-, mi hija se muere, y se le ha ocurrido que quiere escuchar una dulzaina mientras muere. Le hemos cantado con guitarras, y ella es terca, ha dicho que quiere morir oyendo sonar una dulzaina. Aquí no tenemos dulzainas. Muchos compadres no saben qué bendita cosa es una dulzaina. Si usted quiere acompañarnos... usted toca la dulzaina, y ella escucha, y se muere, y usted sigue su viaje".
Yo lo escuchaba atónito. Apenas pude entender de qué se trataba. Fuimos a casa de la agonizante. En vano intenté buscar una canción en la memoria. ¿Qué tocaría? Entramos por fin a una casa fría, vacía de muebles. Fue como si de pronto anocheciera.

Y vi a la hija. Una muchacha.

La descubrí acostada entre luces de cirios, olor de leña quemada, como si ya estuviera muerta. Pero sus ojos alumbraban, grandes, claros, místicos. Era la muchacha más bella de la vida, en mi camino, muriéndose. Era una gran sombra amarilla. Me resquebrajé por ella, cuando lloró. En mi mano la dulzaina tembló. Sus labios parecieron alentarme con una ancha sonrisa. Yo dudaba en soplar la dulzaina. Yo dudaba. ¿Qué canción? Comprendí de pronto que para tocar una dulzaina hace falta aspirar, y expirar.
"Un día soñé con usted", me dijo la muerta. Sí, la muerta, con voz de muerta. Alguien me ofreció una copa de aguardiente. Bebí con sed, y después el aguardiente mojó la dulzaina. Elegí, entre aquella perdida pampa chilena, y sin saber por qué, una canción de los Beatles. Y sonó bien, porque ella sonrió, agradecida. Amante complacida. Sus ojos seguían absortos, contemplándome. No podía mirarla, de modo que cerré mis ojos, y seguí tocando, hasta que alguien puso una mano en mi hombro. Entonces vi que ella había cerrado los ojos. Me dijeron que ya no era necesario que tocara, la muerta había muerto, y sólo ella quería oír una dulzaina. Sólo ella.

La casa
He aquí una casa loca, cuyas escaleras no conducen a nada. Uno abre la puerta y cree entrar y en realidad ha salido. Pero cuando uno cree salir sucede lo contrario: uno ha entrado. Y la mayoría de las veces uno no se explica a dónde ha llegado, o qué ha sido del cuerpo de uno en esta casa. Las ventanas tienen la peculiaridad de no mirar hacia afuera sino hacia adentro. Todos los muebles cuelgan a medio metro del techo principal. De manera que para llegar a ellos es necesaria la imposibilidad de volar, o un salto largo y elástico que le permita a uno aferrarse de una silla, por ejemplo, y luego escalarla y sentarse en ella, como en un peligroso columpio. Y lo peor ocurre cuando cada uno de los movimientos oscilantes de los muebles tiende a vencer el equilibrio de los ocupantes, de manera que muchos se han despedazado intentando resistir más de una hora sentados en el mismo sitio. Todos los muebles confabulan sus movimientos para desbaratar a sus ocupantes, y ya se sabe que los muebles flotantes procuran sobre todo que los cuerpos sean derrotados de cabeza; nadie ha podido saltar incólume. Siempre, en la caída, hay otro mueble oscilante que se las arregla para que el cuerpo en condena se estrelle de cabeza contra el suelo.

A pesar de estas aparentes incomodidades, se escuchan, en la casa, cuando cae la noche, muchas voces y risas, y chocar de copas (y muebles). Nadie ve llegar a los invitados, y tampoco salir, y eso se debe seguramente a la otra originalidad de la puerta, que da la sensación de permitir entrar y salir al mismo tiempo, sin que verdaderamente se haya salido o entrado. Nadie sabe, además, quién es el dueño o quiénes habitan la casa permanentemente. Alguien nos cuenta que vive una pareja de niños. Otros aseguran que no son niños, sino enanos: de lo contrario no se justificarían las fiestas de siempre, escandalizadas por las exclamaciones más obscenas que sea posible imaginar. Hay quienes afirman que nadie vive en la casa, y que en caso contrario no serían niños y tampoco enanos sus habitantes, sino dos jorobadas dementes. Ni unos ni otros dicen la verdad. No han acabado de entender que todos son en realidad mis habitantes, que están dentro de mí como también yo estoy dentro de ellos, que yo soy algo vivo, y que a pesar de todas las vueltas que puedan dar por el mundo quizá nunca les sea posible abandonar mi tiranía para siempre, porque también yo estoy dentro de mí.
  
Un hombre
Un hombre puso el siguiente aviso frente a la puerta de su casa: Se venden pobres. Otro hombre que pasaba se acercó a preguntar el precio. "Depende", dijo el primer hombre, "tendría usted que elegir qué pobre quiere". Entraron los dos hombres en la casa y no tardó en salir el comprador con un pobre bajo el brazo -sin explicarse aún para qué realmente necesitaba un pobre-. Al poco tiempo los demás hombres se enteraron de la noticia y no tardó en llenarse la casa de compradores. Cada quien salía con su respectivo pobre bajo el brazo. Algunos llevaban hasta tres y cinco pobres sobre las espaldas. Eran paquetes de pobres. Se anunciaban pobres en los periódicos. Se exportaban. Todo siguió así hasta que el primer hombre quedó sin más pobres para vender. El último pobre que se llevaron fue su mujer, aunque meses más tarde también él tendría que venderse como pobre. Entonces la competencia no se hizo esperar. Aparecieron empresas vendedoras de pobres, industrias productoras de pobres. Y eran pobres de todos los tamaños y colores. Hubo muchos concilios y guerras, exposiciones y discusiones que intentaron determinar el origen de tanto pobre. Se publicaron cientos de libros. Nadie habló de pobreza. Únicamente de pobres. Demasiado tarde. Se remataban pobres en África, en Pakistán, en los Estados Unidos, en la Argentina. No tardó el mundo entero en llenarse de pobres.

Sia-Tsi
-¿Cómo te llamas? -preguntaron a Sia-Tsi los guerreros del déspota Wu-nung.
Sia-Tsi, que vivía en el reino de Lu y era partícipe de la escuela de Mo, guardó (como era de esperarse) un respetuoso silencio.
-Cómo te llamas -repitieron impacientes los guerreros, pues buscaban al anciano maestro desde hacía nueve años para matarlo. Pero no lo conocían y entonces, cada vez que iniciaban otra redada, bebían cada uno once tazones de vino amarillo para darse ánimos, pues se aseguraba que Sia-Tsi era poseedor de todos los lenguajes y lograba fácilmente llamar en su ayuda a los animales o las aves, o podía muy bien mimetizarse entre los árboles y flores o convertir a sus enemigos en cuervos ingrávidos, con sólo invocar dos o tres palabras antiguas. 

-Cómo te llamas -siguieron insistiendo los guerreros, ebrios, sacudiendo sus sables relucientes, de un metal casi vivo, sediento de humedecerse y oscurecerse. Lo cierto es que estaban muy alarmados y tensos, pues por fin todas las descripciones coincidían con aquel anciano que (como era obvio) tenía una barba gris que le cubría los pies, y unos ojos muy hondos y negros que sin duda no miraban hacia el cuerpo sino más allá, hacia más adentro.
Evidentemente él y sólo él debía ser Sia-Tsi. Aún así, volvieron a repetir a gritos la pregunta: "Cómo te llamas".
-Nunca he podido responder a esa pregunta -respondió el anciano maestro-. Hoy podría tener un nombre, y mañana otro, ayer pude llamarme Sia-Tsi, que es el que ustedes buscan, pero mañana podría llamarme Yi-Po, y hoy me parece que debo llamarme Chou, que es un nombre acorde con este viento que nos rodea.
La respuesta del anciano los desconcertó. Y los hirió, además, su mirada, entre irónica y piadosa, que no se congelaba ante la fría cercanía de los sables apuntándolo. Por fin los guerreros, temerosos de permitirle el tiempo necesario para pronunciar palabras antiguas, le dijeron:
 -Te estás burlando de nosotros, inútil anciano, y de todas formas vamos a matarte, para que no continúes reflexionando insensateces.

El anciano no pudo, ante semejante afirmación, evitar reír.
Un tiempo después, sobre la hierba tibia y anaranjada, Sia-Tsi continuaba convencido de no saber quién era realmente el que moría.

Bajo la lluvia

Le preguntamos qué hacía ahí, flotando en la calle, bajo la lluvia, y él respondió que nada, que lo único que hizo fue saltar un poco, para evitar un charco, con la extraña suerte de que no volvió a caer. "Y aquí estoy, como pueden ver", dijo. Tenía los ojos aguados, como alguien sorprendido por la emoción más inaudita, como alguien a punto de llorar silenciosamente. Su corbata colgaba ondulante, parecía lo único de él que pretendía continuar atándolo realmente a la tierra. Y, sin embargo, también él parecía aceptar su situación, porque reconoció, estupefacto: "Debo ser uno de los tantos casos raros que hoy existen en el mundo". Nos contó que al principio fue agradable. "Esto es como los pájaros", contó que había pensado, pero más tarde todo eso empezó a preocuparlo porque se elevó un metro y después dos más y de pronto comenzó a decirnos que sentía que otra vez iba a seguir elevándose, que lo ayudáramos. "¡Pronto, pronto!" gritaba.
"Su situación es peligrosa", reconoció alguien, "si sigue elevándose a ese ritmo un avión podría quitarle la vida". "Sería lo mejor", sonrieron dos mujeres, "a quién se le ocurre saltar un charco para no volver a caer". "Esto hay que publicarlo", pensaron otros, "de lo contrario nadie va a creerlo".
"Qué podemos hacer", le dijimos, "podríamos amarrarlo".
"¡No, no!", respondió él, esforzando la voz -porque ya se había elevado cuatro o cinco metros más, de un solo tirón-, "no quisiera hacer el ridículo, perdería mi puesto en el banco". Se estuvo pensativo unos segundos.

"¿Entonces?", le gritamos.
"Díganle a mi novia que hoy no pasaré por ella", respondió él, más resignado que impaciente. Decir aquello fue como arrojar el último lastre de su vida. De un sacudón empezó a elevarse con la lentitud de un zepelín.
 "Pero, dónde vive ella", le preguntamos. Él nos gritaba una y otra vez, repitiendo la dirección. Distinguimos cómo gesticulaba, desesperado. Ninguno de nosotros alcanzó a escuchar dónde vivía su novia. Además, al verlo desaparecer, nos pareció que su destino tenía tal viso de sospechosa fantasía que ya a nadie realmente le importaba justificar su ausencia ante el mundo.

El invitado inventado
Despojado, descornado, igual que el corazón de la res, en el sillón más lejano, el invitado que nadie invitó.

-¿Es usted un invitado?
-No. Soy inventado.
Su discreción abochorna. Su sencillez. Es posible que sea húngaro. Alguien habla de unas rosas marchitas en un jarrón, y él responde que la naturaleza es bella porque es imperfecta: una mujer es hermosa y sin embargo no nos ama, dice. Y nos dice que un manojo de arena nos lleva de nuevo al mar. Nos habla del pequeño drama de la Mujer Barbuda, en el circo, a quien él conoció y amó (y obliga a sonrojarse a las ancianas, pues asegura que la Mujer Barbuda era más dulce que un mamut). Los hombres ríen complacidos. Las mujeres suspiran. Los niños juegan con él.
De pronto se incorpora. Bebe rígidamente la última copa y se despide. Nos dice:
-Quiero charlar con mis amigos peces.
Y sale por la puerta grande, en busca de la cordura que para siempre extravió.
Todos nos hemos quedado fríos, en el salón, contemplándonos afligidos, como cuando uno quiere seguir bailando y se ha acabado la música.


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DIAS DEL LIBRO
Coordinan:
María Cecilia Estrada. Víctor Bustamante
Consejo de literatura de Medellín