sábado, 25 de diciembre de 2010

John Harold Dávila en Argentina


John Harold Dávila
en
Argentina



Con referentes internacionales, el Municipio realizó un taller sobre desarme


Destacados especialistas latinoamericanos disertaron sobre el tema en una jornada se enmarca en los preparativos para una nueva edición del programa de entrega voluntaria de armas de fuego. El taller se realizó este martes, en el bar Saer de la estación Belgrano.

El Gobierno de la ciudad realizó un taller destinado al personal de la Subsecretaría de Seguridad y de las áreas dependientes de la Subsecretaría de Salud del Municipio, en el marco de la segunda campaña de desarme que comenzará a principios de 2011. Las charlas fueron dictadas por dos especialistas en salud pública, violencia armada y mediación.
Se trata de la médica salvadoreña, Emperatriz Crespin y de John Harold Dávila, músico y artista colombiano que desde en el año 1994 participa de la Red de Paz y de la Unidad de Música, Poesía y Canción, un colectivo artístico que se ocupa de la mediación entre el gobierno y la guerrilla en ese país, a través del desarme.
Por su parte, Diego Poretti, subsecretario de Prevención y Seguridad Ciudadana, encabezó la jornada de la que, además del personal municipal, participó la directora provincial de Planificación y Evaluación del Ministerio de Seguridad de la Provincia, Eugenia Cozzi.
Con respecto a las políticas de desarme impulsadas por el Gobierno de la ciudad, Poretti indicó: “Tener un arma en la casa es tener un problema. Todo lo que se trabajó en la campaña “Desarmate” se va a replicar en la próxima edición; porque estamos convencidos que debe seguir siendo un eje fundamental a la hora de pensar una sociedad más pacífica, con menos crisis de conflictividad social”.
Cabe recordar, que la ciudad de Santa Fe es una de las localidades que, durante 2008, más armas quitó de circulación. Fueron con un total de 5000 unidades las que se destruyeron, en forma conjunta con el Registro Nacional de Armas (Renar).
El objetivo de la campaña es retirar de la sociedad civil la mayor cantidad de armas de fuego, porque al contrario de lo que se supone, poseer un arma no aporta más seguridad, sino que aumenta las posibilidades de muerte por accidentes domésticos, por suicidios o por problemas entre conocidos. Además, ayuda a la reducción de la cantidad de armas ilegales, puesto que una de las vías de provisión del mercado negro es justamente el robo de armas en viviendas particulares.

Artista comprometido

John Harold Dávila es uno de los cantantes más reconocidos de Colombia. Sin embargo, el compromiso y la decisión de cambiar la realidad de la violencia armada de su país hizo que desde hace más de una década ponga su arte al servicio de la sociedad “porque como artistas tenemos un compromiso con la vida”, señaló.
Asimismo, Dávila agregó: “Hay que motivar a la sociedad civil para que exijan políticas de convivencia, políticas para el desarme. La mayor cantidad de muertes violentas son por armas de fuego, además de los asesinatos hay un sinnúmero de personas lesionadas de por vida o con problemas psicológicos. Y por otra parte, están los seres queridos de las personas que se ven involucradas en estos hechos de violencia”.
Cabe señalar, que Dávila y Crespin participaron del Primer Encuentro de Naciones Unasur, para la disminución de la violencia armada, que se realizó el 10 y el 11 de diciembre en la ciudad de Buenos Aires.
En un alto de la charla que dio en el bar Saer, el artista subrayó: “Los administradores de la cosa pública deben cuidar los recursos porque la calidad de vida es fundamental para evitar el cultivo del odio y de la desigualdad, que encienden conflictos que terminan en muertes violentas”.

“Desarmate”

Con respecto a su visita a Santa Fe, Dávila dijo que: “Estamos altamente sorprendidos por la cantidad de armas que el Gobierno de la ciudad sacó de circulación. Es una cosa maravillosa tener 5000 armas menos. En mi país no ocurre lo de la entrega de armas voluntarias, en cambio si se entregan armas producto de las negociaciones y del diálogo. El último caso ha sido la negociación con grupos paramilitares donde hemos arrebatado más de 30. 000 hombre al conflicto de la guerra y más de 18.000 armas en el acuerdo de paz realizado, una vez que ese acuerdo se produjo comienza un gran estadio para intervenir desde la educación, la formación y la construcción de paradigmas culturales para transformarnos socialmente”.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Sergio González

Autorretrato 1984


UN HOMENAJE A SERGIO GONZÁLEZ
Rubén López Rodrigué


En el bachillerato me volví amigo del arte a través de Hugo Ochoa y Sergio González. Por entonces yo venía de estudiar los tres primeros años de secundaria en una institución donde no pasaba de ser un buen estudiante. Y en el Instituto Antioqueño de Educación hice parte de un trinomio intelectual y amistoso con Hugo y Sergio, quienes se iniciaban en el arte del dibujo y, paralelo al bachillerato, estudiaban en Bellas Artes.
Ambos me sacaron del academicismo de estudiar solo por una nota, y con su índice generoso me mostraron otros horizontes distintos a las tediosas materias. Adolescentes con inquietudes de alto vuelo, asistíamos a conferencias y visitábamos exposiciones; para mí aquello era una cátedra sobre escuelas de pintura, en la que ellos me presentaron a grandes maestros del arte universal.
Del joven Sergio (y digo “joven” porque no lo conocí ya mayor, pues al terminar el bachillerato nunca más lo volví a ver) recuerdo que era irónico y satírico, burlesco, un irreverente que en su casa le abrió la jaula a un pájaro preso, rebelde con causa pero a la vez tierno como un venado, demasiado comunicativo (por no llamarlo “chismoso”), obsesivo en su arte hasta el punto de que en clases prefería estar haciendo dibujos, como el de la plaza de San Pedro en el Vaticano.
En los descansos nos íbamos a La Ponderosa, en la esquina del Instituto, o al negocio de don Iván Zuluaga, a la vuelta de la esquina, a consumir un café o tomar un refresco, siempre hablando de arte o de otros temas trascendentales. La tienda hoy es La Boa, una taberna donde confluyen escritores y artistas, ya sin Iván Boa que hace pocos días abandonó las esferas de este mundo. Y el muy risueño de Sergio González también se fue, en 1990, de este mundo donde toda funciona y muy poco se vive, se ausentó primero que nosotros aunque se diga que fue por mano ajena.
Ya se sabe, en Medellín funcionamos como islas culturales que desconocen soberbiamente el trabajo del otro, por buena que esa labor sea, y por eso yo ignoraba que Sergio González tuvo logros significativos en el ámbito artístico de la ciudad. Sus desfases en el tiempo y en el espacio se evidencian en sus collages, en los que mezcla la pintura renacentista con el arte contemporáneo; todo ello aunado a un fervor religioso latente porque en sentido manifiesto, si bien creía en Dios, rechazaba las religiones, los curas, los conventos, los monasterios y todo lo que oliera a hostia y a vino de consagrar.
Tenía bien claro que la persona no debe ser un medio para el dinero sino al contrario. No era esclavo de los intereses comunes (supe que mantuvo esa posición hasta el final), no conciliaba con la idea de casarse y tener casa, carro e hijos que repitan la tragedia de los padres. De ahí que gustara más de lo inaudible, de lo invisible, de lo que no parecía real. Supongo que su rebeldía extrema lo condujo a morir desarraigado en medio de la más absurda soledad alucinada. Murió como vivió: matando la ilusión de la libélula e incendiando la mariposa de la vida.
Como no hay plazo que no se cumpla ni mente que no lo solicite (a veinte años de su desaparición, no de su muerte porque sigue vivo en nuestros corazones), ha llegado la hora esperada de saldar la vieja deuda, enorme deuda para mí no solo artística sino también intelectual, con Sergio González..




Carátula “Hasta el sol de hoy”



         Retrospectiva de SG


A Sergio González
Pedro Arturo Estrada

He visto sonreír las caras ebrias de las hechiceras
aquellas noches
cuando las horas altas oprimían los huesos
y el corazón como una luna llorosa,
arrastraba su torpe miseria.
Jóvenes y expertas en un arte de siglos,
febriles, vagamente sensuales,
untaban sus ungüentos prodigiosos,
como quien acaricia un amante dormido,
en sus cuerpos desnudos.
mi corazón bebía compartiendo el secreto,
la mies hermosa, mágica
de una nueva locura.

Junio 14.82





            El camino del abad
 

           Dibujo preparatorio de cuadro


Dibujo de San Sebastián  


         Afiche del Salón Arturo Rabinovich



SERGIO GONZÁLEZ
Sergio González utiliza el collage sobre pintura creando con estos elementos espacios arquitectónicos urbanos que emparentan su obra con De Chirico y reutiliza el material informativo sobre Arte – las representaciones de los libros -, para recrear nuevos ambientes de carácter metafísico.

Alberto Sierra
1er Salón Arturo Rabinovich. 1981.

El Colombiano. 15 de Octubre. 1981. Pág. 19.





GONZALO SOTO POSADA NOS HABLA DE LA FIESTA DE NAVIDAD

GONZALO SOTO POSADA
NOS HABLA
DE LA
FIESTA DE NAVIDAD

Oscar Jairo González Hernández.
Profesor e investigador


Cuando me interese por saber que diría el Dr. Gonzalo Soto Posada (1947), profesor e investigador de Teología, Filosofía y Humanidades de la Universidad Pontificia Bolivariana, sobre la Navidad, no hice más que comunicarme con él y le anexé muy amablemente a su positiva e inmediata respuesta estas breves (de Breviarium) inquietudes sobre el tema; y más conociéndole bien, tanto desde su brillante y exaltada cátedra -fui su alumno en la Maestría en Historia del Arte, en la Facultad de Artes de la Universidad de Antioquia- hasta  la lectura tensa e intensa que hemos hecho de sus textos –Diez aproximaciones al medioevo y Filosofía medieval-;  he aquí lo que nos reveló:

¿Qué sentido, que simboliza para Usted la fiesta de Navidad, y es o no factor de asombro, fascinación o encantamiento? 

Una palabra griega tomada en su sentido etimológico es la respuesta; entusiasmo es estar poseído por la fuerza de lo divino, por los dioses, por la experiencia de lo sagrado. Siempre medito sobre el misterio de un Dios hecho hombre, sobre la unión de lo divino y de lo humano, sobre las hierofanías de lo divino como acontecimientos fundantes de las culturas, sobre lo que Eliade llama el mito como sentido originario y fundador de todo acontecer humano. Me fascina este acontecimiento de la Encarnación como sentido festivo de la divinización de lo humano y la humanización de lo divino. Me golpea todavía lo que aprendí de mis antepasados: “niño chiquito, infante y glorioso, danos tus mercedes como rey poderoso”; ese niño es poder de amor, no amor al poder; pero me golpea y me hace sentir que navidad es nacer al amor como poder y no al poder como fascinación.

¿Cuál fue su primera entrevisión o encuentro definitivo en su vida, con la fiesta de  Navidad?

Desde mi casa paterna el relato de Belén lo vi y viví en pesebres, árboles, regalos, comidas y manjares exquisitos, reuniones familiares, ambiente de oración, fiesta, regocijo, exultación, misa de gallo, misa de navidad, villancicos, novena… Todo ello me impactó e hizo que navidad fuera la celebración festiva de un acontecimiento clave en nuestra vida familiar, barrial y citadina.

¿Lee en Navidad textos sobre ella (novelas, relatos, memorias, libros sagrados) ó no, y por qué, qué significan para Usted?

Siempre vuelvo a meditar los relatos evangélicos sobre Dios hecho hombre; el imponente prólogo de Juan sobre el Logos hecho hombre, luz del mundo, hecho presencia en el tiempo, asumiendo la historicidad y temporalidad humanas me conmueve y desborda. Lucas y su relato, casi novelístico, sobre la anunciación, la encarnación, los magos… está ahí como fresco para decirme frecuentemente: la historia es anunciación, encarnación y magia, es decir, servicio y amistad y amor.


¿Qué es perdurable ó no para usted de la fiesta sagrada y profana de la Navidad?

Difícil separar lo sagrado y lo profano en una festividad fundadora y mítica; rescato profanamente el sentido familiar de la fiesta, los regalos como lo otro del impuesto a quienes detentan el poder como autoridades y fuerza coercitivas panópticas, de vigilancia y castigo. Sacralmente me entusiasman los cantos gregorianos sobre la navidad, llenos de alegría, alelluyas, exultet, de ese Puer natus del introito de la misas, del Adeste fideles como canto procesional de alegría, de veneración a quien nace y continúa naciendo en uno, en los otros y lo otro. 

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Orlando Ramirez Casas






video



Buenos Aires,
portón de Medellín
de
Orlando Ramírez Casas


Víctor Bustamante


La historia en Medellín la escriben quienes nada tienen que ver con la historia. Me explico, a las premisas generales que bordean a la mayoría de los historiadores apresados en la metodología, los subvierten los otros, quienes con pasión buscan ese hilo de la memoria para que no se rompa y se olvide lo que fuimos, lo que somos, dejando que los lugares, los espacios personales y la vida cotidiana pasen de largo ante nuestra apatía.
¿Por qué hago esa referencia a no esperar a quienes presumen de historiadores a que hagan lo suyo?, porque Medellín es una larga sucesión de olvidos, de reestablecimientos de personajes que no lo son para la historia, pero que brillan por ese halo de la llamada personalidad que opaca la otra historia, la que no nos cuentan, la que sentimos cuando pasamos por una calle y decimos, aquí estuvo la casa del maestro Carlos Vieco y la han tumbado, aquí estuvo la casa de Carrasquilla y la han tumbado, es decir, somos una síntesis de la nada. Aquí en este rincón del trópico nada somos.
Pero para reestablecer esa memoria, leo con asombro “Buenos Aires, Portón de Medellín”, ¿por qué con asombro? porque ante esas cenizas producto de esas ruinas mentales que padecemos, este libro hace emerger lo que es el barrio Buenos Aires y su peso especifico en Medellín: un gran barrio con una gran historia y su autor, Orlando Ramírez, la ha buscado antes de que el ocaso y el acoso del progreso deje de lado todas esas vidas, esa letra menuda que es la verdadera historia, esas calles, las barras de amigos, los amados cafés de la esquinas, los chismes que son el sustrato de la verdadera literatura.
“Buenos Aires, portón de Medellín” es el asombro ante el detalle, la tesis de que Medellín empieza en ese lugar debido a la problemática de los nombres, ya que se nombraba con el mismo a varios lugares. Su autor nos obliga a caminar por este texto y nos explica su interpretación,  y además nos responde a preguntas que teníamos: ¿Que significa la Puerta Inglesa? ¿Qué era de ese club extraviado donde, curioso, alguna vez visité la sede de Regina 11?  ¿Qué son de estas calles avasalladas por las rutas de los buses? ¿Qué fue de esa edificación de los Botero? Esas y muchas otras preguntas las conjuga su autor con una pasión, con un detalle que otra vez regresa el asombro y el deseo compartido de caminar esas calles, de las cuales nos dice su origen, sus historias.  
Además hay una parte cara acerca de las barras de amigos y sus amores, la barra del chispero y la barra del apagón: dos momentos generacionales con los cuales nos quedamos felices al saber que la amistad es un valor incuestionable.
Tambien hay lugares que amaremos: los cafés, el Astral y Sol de Oriente. Ahí trascurren tantas vidas, han ocurrido tantos encuentros que sólo queda saborear cada caminada entre los amigos, así como  cada broma, cada retazo de amistad que es digna de los tangos que al final aparecen como un deseo de instalar la presencia de esos sitios. Aun está en la memoria el peluquero que mientras motila, le cambia el plátano al pájaro enjaulado para que le siga silbando o el maestro enamorado.
Pasión, historia, vida cotidiana, chismes que son los que dan lustre a la literatura, historias perdidas ahora recobradas; topografía de Medellín. Este bello texto nos hace amar otra vez al Buenos Aires que trascurre con esa vida cotidiana sencilla, y que cuando caminamos nos obligará a decir Orlando nos descubrió el barrio y le dio la nombradía y el estatus que merece, que es.
De lejos vemos las panorámicas. A muchos les gusta mirar nada menos que ese tipo de postales turísticas para decir, ahí está Medellín. Pero Orlando nos lleva de su mano por ese barrio y reestablece esa memoria que es ese instante vital que su autor vivió y se resiste a dejarlo perder, su memoria habla y nos habla,














domingo, 19 de diciembre de 2010

Sergio Esteban Vélez



Poemas
de
Sergio Esteban Vélez


Víctor Bustamante

Cuando un poeta escribe sobre algunos escritores, está buscando algo que los satisface de ellos. Puede ser un camino que empieza a transitar, una puerta que conduce hacia un laberinto, una forma de ser o de pensar o un puente donde quien escribe se atreve a cruzarlo sabiendo la orilla ignota de lo que vendrá. Estos bellos poemas son eso, una presencia con los escritores amados que llevan hacia una educación sentimental. Si miramos en el gran Wilde, el rebelde Rimbaud, el cercano Porfirio, el siempre misterioso Tenesse Williams o San Agustín notamos que Sergio Esteban mira en ellos libertad y su arrojo: cada uno es un rebelde con causa. En la otra cara de la monedad están las bellas y perversas Isadora Duncan y la siempre amada Marlene Dietrich y la fatal María Callas arropabas junto a Madame Butterfly.
Sergio nos entrega unos bellos poemas donde el paso del tiempo, como lo indica su título, ya que estos poemas pertenecen a “Pabilos del Tiempo”, es lo que nos deja el paso de la belleza y su búsqueda que es lo efímero, lo que se va, n, y es a y través de sus lecturas que el poeta busca y nos entrega lo que vio y vivió a través de ellos.


MADAME BUTTERFLY


Las simas
submarinas
de los ojos azules
de Pinkerton
eran tus únicos confines.
En ellas
naufragaba tu espíritu,
y en cada noche negra,
cuando te acariciaban los vientos oceánicos,
te quedabas dormida
recordando esa única
fruición de pensamientos
en que entregaste el nimbo de tu pecho
a aquel capitán gélido.

Y soñabas la hora
sublime
en que el furtivo amado
subiría corriendo
por la colina verde,
llamándote agitado,
implorando tu abrazo
indisoluble.

Ya lo veías.
Ya podías sentir
su beso entre tus labios
y el gozo de tu sueño
sobre su torso tibio.

Preparabas la casa
que albergaría
su delicia
por novecientos noventa y nueve años,
olvidabas la gloria
de tus ancestros,
y renunciabas a tu propia esencia,
ante la dicha eterna
de aquel
anatema.

Y llegó el día:
en el paisaje gris
se percibía
la silueta de un par de enamorados
que ascendían veleidosos
hacia su nuevo hogar,
y cuando estaban próximos
a tu morada
pudiste ver la intemperancia
del que tanto esperabas,
posesionarse de tu estancia
con su “auténtica esposa americana”...
¡y te ignoraba frío,
como un desconocido!

¡Ah! Butterfly,
tu corazón ingenuo
ya no podrá latir jamás;
ningún elíxir milenario,
ninguna planta extraña
del Japón
alcanzará la estación de florescencia,
para cicatrizar
el loto de tu entraña desgarrada.

Con una banda blanca
le cubriste los ojos
al hijo que lloraba,
invocaste tus genes
en samuráis guerreros,
y con la misma fuerza
de su grito
empuñaste el puñal contra tu vientre,
cumpliste el hara-kiri
y descendiste al suelo
para siempre.



WILDE:


Por aquella osadía
de amar a tu manera,
te maldijeron,
condenaron tu cuerpo,
te escupieron,
creyendo que podrían
hacer girar tu esencia,
pero nada alcanzó
a vencer tu genio:
ni el frío
que enrojeció tu piel
y lastimó tus huesos;
ni las jornadas sobrehumanas
que rindieron tus párpados
y sellaron tu aliento;
ni la deshonra
que punzó tu ego;
ni la soledad,
que te causaba abatimiento;
los pseudoespirituales anatemas
tampoco lo pudieron,
ni el desprecio de aquellos que gustaron
de la supraexcelencia
de tu verbo.

Ahora ni siquiera,
temiendo el sacrilegio,
podía pronunciarse
tu nombre,
ni repetir tus versos.

Tu mente conocía la verdad
y era más libre
que las conciencias atrofiadas,
de enmascarada corrupción
de los sordos borregos,
y los ilógicos ingenuos,
que estaban
afuera.

Y floreció
con más impulso
tu grandeza,
y tu alma creció
hacia la inmarcesible
dimensión
eterna.




BLANCHE DUBOIS*
(Para su alter ego, Tennessee Williams)


“Madera blanca”,
“Blanche
Dubois”,
claro del bosque.

Enamorada
de un espejismo,
leías
la Madame Bovary
y llorabas con cada desengaño
de los romances de Stendhal.

El ritmo raro de tus besos,
carbúncleos,
a la manera de Manón,
en un hotel de mala muerte,
se estremecía
efervescente
con la “amabilidad”
efímera
de los desconocidos.

Ya nunca volverían
los edenes de mayo,
cuando se sonrojaban tus mejillas
con un roce de manos
y apenas florecía la ilusión.

Tus vivencias corrieron
como el agua del río Mississipi,
y con púberes briosos pasajeros
quisiste
recobrar el fuego.

Pero tu piel ya estaba ajada
y sólo te esperaba la demencia
por no morir de depresión,
quedando tus confines al garete,
tu destino sujeto,
como siempre,
a la bondad de los extraños.
                      



MARÍA CALLAS


María Callas,
todas las noches fallecías en las tablas...
y en tus propias páginas,
y tus cantos se alzaban
a la estrella wagneriana,
que no fulgía tanto
como tú en el drama.

Sentías
un nudo en la garganta,
porque esa misma conmoción
de tus heroínas desahuciadas
torturaba incesante
tus cuerdas
trágicas.

No era preciso, entonces,
esforzar tu histrionismo,
pues esas mismas arias
desventuradas,
que imprecaban a Scarpia
venían desatadas
por el río de acíbar
de tu desgracia.

Cada paso era espiado,
cada mirada
era acuciosamente registrada
por la agenda del mundo
y por las masas,
que te aclamaban;
todo ante ti se abría generoso,
reinabas,
y tu figura era
una diosa hecha estatua.

Pero, como Violeta,
Isolda, Tosca, Aída,
Brunhilda y Butterflay
-tus favoritas-,
vencido el sueño
del campo en primavera,
y palpitante el duelo
por el idilio ausente:
¡Perdida la esperanza!
Te absorbe la saudade...
y en el final de tu “cadenza” náufraga,
en el agudo más desesperado,
por amor
callas,
por siempre
Callas...




ISADORA DUNCAN

        “Yo podría bailar ese sillón”
ISADORA DUNCAN

I

Con la anémica alcurnia de una garza,
abres tus alas,
y soslayas, volatil,
las rocas puntiagudas,
que, acechantes, emergen
en pos de derrumbar
tu arcadia imaginaria.

II

Sándalo en brasas,
danzan tus ramas,
que parecen inmunes
al dolor que las desavia...
y el ritmo de los vientos,
que se huracanan,
va impulsando la vela de tu túnica,
empapada en champaña.

III

Alzas el cuello,
la nave avanza...
y te arrebata el aire
del cuerpo
una bufanda.

IV

Comulgas íntima
con la galaxia...
El cosmos te designa
su digna
hetaira.




RIMBAUD


Arthur Rimbaud,
mi consejero espiritual.

¿Qué habrá pasado por tu mente
en aquellos momentos
de desenfreno?

¿Cómo sentirse libre
en un mundo
de confinamiento
que amordaza el cerebro?

¿Cómo mirar al ágora
y decir con orgullo
que se detesta el establecimiento?

Muchachito triste,
que buscabas un pecho
que pudiera llenar
el ideal de tu intelecto,
y que incansablemente
vagaste alucinado
por selvas y desiertos,
esperando encontrar lo verdadero,
pero que sólo hallaste
la sequedad de lo terreno.

Dame tu mano,
poeta bohemio,
que nunca conoció
la grandeza de sus versos.

Quiero que seas
mi alter-ego
y que, como un crescente
ensamble eurítmico,
sigamos
atormentando
al público
ciego
con nuestra libertad de pensamiento,
hasta que lleguemos
a les Champs Elysées,
junto a otros dioses
del Infierno.




ANDY WARHOL


Detrás de esa peluca
sicodélica,
de esa pose burlesca
que ridiculizaba
tu platinada América,
de ese afán porque el mundo
sufriera
por tus frases eléctricas,
por tus fiestas patéticas,
rugía una tormenta:

Exiliado en la Tierra,
no podías hallarle
sentido
a esta viandanza,
no encontrabas sosiego
en nada,
ni en los vanos placeres que exaltabas,
ni en la vaga experiencia
vacía
de la fama.

Orabas, como un niño triste,
porque el amor
no llegaba,
por más que lo invocaras...

Y ningún barbitúrico
hizo dulces tus lágrimas
violetas
de anilina,
por más que camuflaras
de plástico
tu estancia.

Contrario a los poetas,
no veías la luz de las estrellas,
por eso te embriagaste
en aquellas luminarias
que parpadeaban
en los cielos de Hollywood,
y, entonces, las ungiste
con fucsia y con naranjas.

Y fulgió en tu orfandad
la lucidez necesaria
para cambiar tu hábitat
común de ciudadano del consumo
por la plácida paz del tecnicolor,
que obra como un narcótico
en las mentes concéntricas esclavas.

Tu compatriota Dvorak
transmutó su nostalgia
en dulces remembranzas
acompasadas,
pero tú vislumbraste “el nuevo mundo”,
tras cruzar un océano
de coca cola dorada
que escanciaba en tu abismo
Marilyn como un sol
o como un ángel,
ataviada en Chanel número cinco.

Y como en un ignoto cómic cósmico
(pero no los de Liechtenstein),
con un billete verde que pintaste
dibujaste un avión ultramoderno
de la aerolínea opiácea de Morfeo
y calcaste un tiquete
para hundirte
en ti mismo.




MARLENE DIETRICH


Disecada en vida,
Marlene Dietrich
nunca dejó brotar su carcajada,
por no arrugar su piel de porcelana
(no sabemos de qué
color
tenía el alma).

Y, para gozo de su ego,
de máscara de hielo
y esmoquin con sombrero
(que camuflaba un duelo incontenible,
más profundo
que el de Berlín en llamas),
sus líneas de expresión no se marcaron
en casi diez decenios
y sus piernas causaron paroxismo
hasta en la Garbo misma. 

Hoy de su cuerpo
gélido,
que fue el máximo sueño
de dos generaciones,
se ha fugado el estoico sentimiento...
hacia el silencio,
y ni siquiera resta el remanente
de esas piernas tan bien aseguradas.

Todo ya fue banquete
de coleópteros metálicos
y mariposas ocres,
y de himenópteros y dípteros
azules y verdes,
que escuchan con las patas delanteras
y huelen con las antenas.




LA COPA ESCANCIADA


San Agustín,
el obispo de Hipona,
el padre de la Iglesia,
el incansable buscador
de la esquiva verdad
inaprehensible,
también gustó el amor
en sus papilas
y se hundió inconsolable
cuando sus ojos húmedos
lo vieron escaparse
definitivamente.

La juventud ardía,
y aquel mancebo vehemente
lograba que él se alzara en frenesí
y que ascendiera al cosmos
pagano
del éxtasis.

Agustín estudiaba,
leía y naufragaba
en mil incertidumbres,
misterios, jeroglíficos,
teoremas cabalísticos
y enigmas maniqueos...
mas toda su sapiencia no podía
detener su conciencia,
que loca se fugaba
a la silueta necia
del terrenal amado.

Llegó la muerte,
y fulminante su descarga
se lanzó impertinente
sobre el objeto de su elación
y salpicó de hieles
las vértebras de su alma.

Y su curioso espíritu,
que antes había morado
en los dos cuerpos,
se vio vacío, vago y torturado.
Sus ojos lo veían
en todas partes,
y cuando incontenible
se abalanzaba
para abrazarlo
sus manos huérfanas
solo palpaban la locura ciega.

Y esperaba el regreso,
“ya vendrá”, se decía...
y sólo el aire amargo
lo tocaba, glacial,
mientras las lágrimas rodaban
hacia el desierto
y los suspiros infinitos,
el llanto,
los gemidos,
los gritos de la ausencia
absorbían su ímpetu.

Anhelaba el sepulcro,
la vida no era viable
a medias;
el pánico insondable le impedía dormir
y todos los lugares conocidos
le taladraban la memoria.

Ni el juego,
ni la música,
ni las fiestas,
ni el gozo de otros lechos
pudieron alejarlo
de aquel recuerdo.
Y escapó de su patria,
y de la omnipresencia de su duelo,
creyendo que en Cartago confortaría su demencia
pero su esencia estaba dividida
y ya nada podría restaurarla;
entonces se adentró en los planos místicos
con toda la potencia
de su desazón,
a transformar al hombre
en el reo de Dios
y en pecado al amor.
Y, en arrepentimiento
de su propia pasión,
castigó al mundo
y lo sumió en la Edad de las Tinieblas.



MARLENE DIETRICH


Disecada en vida,
Marlene Dietrich
nunca dejó brotar su carcajada,
por no arrugar su piel de porcelana
(no sabemos de qué
color
tenía el alma).

Y, para gozo de su ego,
de máscara de hielo
y esmoquin con sombrero
(que camuflaba un duelo incontenible,
más profundo
que el de Berlín en llamas),
sus líneas de expresión no se marcaron
en casi diez decenios
y sus piernas causaron paroxismo
hasta en la Garbo misma. 

Hoy de su cuerpo
gélido,
que fue el máximo sueño
de dos generaciones,
se ha fugado el estoico sentimiento...
hacia el silencio,
y ni siquiera resta el remanente
de esas piernas tan bien aseguradas.

Todo ya fue banquete
de coleópteros metálicos
y mariposas ocres,
y de himenópteros y dípteros
azules y verdes,
que escuchan con las patas delanteras
y huelen con las antenas.



LORCA


“Que no quiero verla”.
Que no quiero ver tu sangre
filtrándose entre la tierra
ni el ríctus de agonía entre tus labios,
como un San Sebastián.

Lorca,
¿Cómo habrán sido las estrofas
que te dictaba el númen,
mientras las balas asesinas,
te arrebataban del parnaso?

¿Habrán pasado por tu mente
aquellos resplandores
taurinos
de tu tierra,
la fuerza refrescante
del Hudson
en América,
y habrás vuelto a sentir
en tus membranas
los cambiantes sabores
de esos amores
marineros
que las furiosas hordas medievales
actuales
no pueden comprender?

Seguramente por tus ojos,
que se mojaban de nostalgia,
pasaban velozmente
aquellos baños en el río
con Dalí, húmedo y altivo;
el azúcar de Cuba,
y el salobre sabor a celuloide
de Buñuel y sus noches.

Tanto invocaste el drama
y llamaste a los dioses con tu piano,
y quisiste bruñir gitanamente
los mejores romances andaluces,
poeta en Nueva York,
que ahora se fundían
tus alvéolos,
para escribir los versos
que harán
que entre tus brazos moros
se venza anonadado
Ganímedes,
el olvidado efebo
de un poderoso dios.




PORFIRIO BARBA JACOB
(Para su gran biógrafo, Fernando Vallejo)


Era una llama al viento.
Era una pira en el desierto
esferoidal
del cóncavo mundo terreno.

Una tea en un barco ebrio, 
en el océano más revuelto,
que deambulaba sin cesar.
¡Brasas de libertad!

Bocanadas de cierzo
gritaron hedonistas
la distensión de su evangelio,
que se nutría de lo acerbo.
¡Una lumbre impetuosa
contra un helado vendaval!

Era un soplete efervescente
de flama indómita indomable,
un caballo de fuego desbocado
por los ígneos senderos de su errancia,
seduciendo jinetes
que amainaran la aguda compulsión de sus crines:
¡verdadero volcán!.

Era una llama aviesa
ávida por las cimas.

Los ojos encendidos de rojo y de abstracción,
demente mente,
llenos de humo los alvéolos,
y el rebelde discernimiento
retozaba en un piélago inestable,
mientras el corazón, ya desahuciado,
iba a la Acuarimántima
a galope pleno.

Sus chispas afiladas
se ondulaban convulsas
por el ciclón del pensamiento,
y en un trance beatífico
él abrasaba los secretos
que le dictaba el macrocosmos
inmenso.

Levitaba en su fuego
griego
y destilaba el sinsabor constante,
que más avivaba el incendio.
¡Era un crisol de metafísica
encabritado
en el Infierno!

Pero esta hoguera indescifrable
no fue apagada por el viento:
crepita aún
en cada verso.







* Protagonista de la famosa obra “Un tranvía llamado deseo”, de Tennesse Williams.