lunes, 15 de mayo de 2017

48 Medellín: Deterioro y abandono de su Patrimonio Histórico Guayaquil/ Jairo Osorio





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48 Medellín: Deterioro y abandono de su Patrimonio Histórico Guayaquil, Jairo Osorio

Guayaquil

Familia de Jairo Osorio

Víctor Bustamante
        
Tantas historias, tan rudas, tan vitales, tan particulares. Pero han pasado tantos años que se convirtieron en leyendas, y esas leyendas citadinas, sobre los guapos, sobre el hampa, sobre los duelos, sobre los bares donde el tango se enfatizaba, sobre las aventuras con diversas mujeres que poblaron y establecieron su monarquía, junto a las diversas pensiones para viajeros y vagabundos; todo envuelto por esa poderosa actividad comercial -que dieron a Guayaquil pábulo para que haya sido mitificado-, ha sido borrado de una manera brutal por las siglas del “progreso” a lo paisa, que adecuó este barrio hasta reducir su áspero concepto de lo popular a un acervo de historias perdidas, regadas en diversas crónicas y en la memoria de quienes habitaron esas noches, pero que es posible rastrearlas en conversaciones o en el santo oficio de la lectura como almacén ya oscuro de la memoria. De ahí que los libros de autores que fueron testigos, fieles a veces, insuficientes otras den la versión de este lugar.

La aureola de Guayaquil es variable, va desde el comienzo, bordeada de ciénagas hacia el sur, en la zona del mercado público, hasta convertirse en la Plaza de Mercado, y lugar de llegada para los viajeros del tren, centro total de mercaderías rodeado de bares y pensiones donde los viajeros y las putas dan el sinónimo de su presencia. Viajeros y putas siempre andan mezclados; con ellos, lo efímero, es su finalidad.

Ahora ese territorio, como una partitura de la historia, ha perdido ese carácter de popular, ha sido reemplazado por el comercio con sus vendedores, sus dependientes y secretarias, que reemplazan a las putas, comerciantes, viajeros y trúhanes siempre con pensamiento variable de acuerdo al mejor postor, a veces se juntan. Unos reemplazan a otros. Por esa razón la escritura entrega sus versiones.

Hay una novela, Aire de Tango de Mejía Vallejo (1973). Su personaje, Jairo, llega a Medellín desde Balandú, como muchos, huyendo de la Violencia con el contraste de que nació cuando murió Gardel. Así su irrupción en Guayaquil posee esa intensidad cuando lo que acaba -y lo que respectivamente empieza- no es sólo un año determinado y ni siquiera una celebración, sino la idealización de ambas vidas, la de Gardel al morir quemado como un santo, y a de Jairo al imitarlo ya como cantor nunca como guapo y cuchillero. Este va a un lugar específico: la cantina de don Sata. Pero Vallejo con sus amigos intelectuales iba al Bar Martini por Junín donde Guayaquil en esa frontera era algo más sano y menos peligroso. De ahí que Arenas Betancur añadía que Mejía Vallejo conoció a Guayaquil en taxi.

En El Diablo tiene la vela de Juan Roca Lemus, Rubayata, (1980), pone de relieve la presunción de Judit para esperar, como lo realizaron muchas personas, que en su oportuno viaje, pura emigración, y llegada a Medellín que lograrían felicidad y buena suerte, la que nunca consiguieron, al ser empujados a esa parte de la ciudad que ellos nunca pensaban, Guayaquil. Esta novela casi olvidada, tan irremediable en la prescripción del mal, como némesis del que busca sobreaguar está exenta  del fatal pesimismo de muchos personajes que sucumbieron en las calles que, con la  retórica popular a la carta, anunciaban inagotables catástrofes y en pregonar que la vida en este lugar de comercio no era más que supervivencia, vacío de empezar desde lo bajo, traspiés y horror de una vida trágica. Este texto de Rubayata en cambio está impregnado de un amor a la vida y una huraña espera de lo que nunca se conseguirá: la felicidad, desmentida por la sucesión de los años, pero ellos continúan viviendo, con temor y temblor, mucho ánimo y permiten sentir el dolor y el absurdo con mucha mayor fuerza que la catástrofe que se presenta, ya que se vive sin indolencia. Hay referencias a personajes cumbres: Masato, porfiriano a ultranza, que afirmaba como Guillermo Valencia le había robado el poema Anarkos, Tartarín Moreira merodeando con su guitarra, y una presencia muy definida de Guayaquil signada en la Plaza de Cisneros, en Carabobo, la pensión suroeste, la iglesia de San Antonio, la Estación del Ferrocarril, La Payanca, los teatros.

Gonzalo Arango en Después del hombre, (2002), novela póstuma, se mueve entre la pretensión del estudio hasta el límite de su educación sentimental donde su existencialismo, vía Guayaquil, acosa a Vidal Cruz, obrero de Coltejer y estudiante de derecho. Su atención se ha centrado en la vida nocturna, ya que Vidal habita los burdeles, los cafés de baja estofa. Vidal posee un espacio preciso la Estación de Ferrocarril y sus alrededores donde llegan solitarios a beber y a buscar placer.

Diocelina, Blanca, y Lina, así como una damisela que le canta mientras se adormece, son las cautivas de Vidal Cruz. A una de ellas, en el bar el Paraíso Perdido, le regala un libro de Danunzio, El triunfo  sobre la muerte. Es su búsqueda de prostitutas para realzar su caída al lado de ellas, con ese pesar que lo acorrala, ya que a veces deja el martirio del deseo y solo quiere buscar compañía, como expresión piadosa y romántica, al negar el deseo y asilarse en esos cuerpos que durante el día y el resto de la noche fueron propiedad efímera de otros personajes anónimos. Vidal Cruz asume ese carácter de misticismo erótico, de salvación, amo del placer y al mismo tiempo lo niega. Es esta novela una suerte de acto de contrición. Vidal les entrega dinero pero no busca placer solo busca conversar y una buena compañía. Ellas no lo entienden, a pesar de que llega como un cazador solitario a esos cafés de Guayaquil. Poetas y putas son los otros transeúntes de lo efímero.

Jairo Osorio en Familia, (2015), desde el interior del barrio, de Guayaquil, habla de la circunstancia de un nuevo tipo de hombre, en un estadio de ocupación distinto -en el modo de ser y sentir, vivir- es la representación del individuo tradicional, aquel que madruga a abrir su negocio para proteger y mantener una familia. Es un individuo de capacidades potenciadas como negociante y más dotado que los demás. También refiere una nueva forma del ser, no ya compacto sino instaurado, por una diversidad de personajes con una mezcla de núcleos espirituales y pulsiones no apresados antes por la escritura dentro de la rígida coraza de la individualidad, los primeros mafiosos.

Camino, caminamos, esas calles y los lugares que en su novela ha escrito y descrito Jairo Osorio. Pocas veces se hace con un autor un recorrido en este sentido, de esa manera se sale de la rigidez de las palabras y se entra a la visibilización de esos territorios, donde nombres de cafés, como el Buen Tinto, el Bola Bola y el San Cristóbal desatan como una premisa, una suerte de curiosidad, una cadena de significaciones. Y sobre todo, un punto de vista diferente. No en vano existe una indagación muy manoseada entre algunos teóricos entre la ficción y la realidad. En este caso esa pesquisa queda pulverizada, porque  la evocación de esos instantes que refiere la novela, los cafés mencionados, le dan identidad al lugar; es decir, a las calles del barrio, de esta parte de Guayaquil que no había sido contada, ya que en esas calles y en esos lugares al ser narrados, aprehendemos la vida que ha discurrido, las presencias, las vivencias, las actividades, los cambios y lo más perenne, las personas que entraban, que habitaban esos lugares, que lo habían convertido en su centro de operaciones, su sitio de llegada, de visita, de encuentros. Posta citadina. De ahí que esos bares donde el autor ha trabajado dan la significación de quien los ha vivido hasta las horas de la noche desde las madrugadas donde Osorio da una visión totalmente diferente a la que hemos tenido de Guayaquil, el Guayaquil trabajador, de tesón, de personas honradas donde el cambio de hora obligaba a esos cafés a cambiar oficio de vender tinto en las mañanas, hasta sitios de bohemia y amoríos ligeros en las noches.

Pero si en esta jornada por Facio Lince, por Salamina, por Maturín, por Ayacucho existen  puntos de referencia de su novela. También es cierto que camínanos por lo absurdo de la ciudad. Hay otro centro comercial con un nombre ominoso, Molino Viejo, con esa costumbre de los urbanizadores de darle un nombre a una esquina donde funcionó el molino de más peso que tenía la ciudad, la Harinera Antioqueña, destruido de una manera inmisericorde. En la otra esquina aún se concreta como un adefesio, ese que hiere a quienes, como Jairo Osorio, relata cómo era el interior de ese edificio. Caminamos por las ruinas de la ciudad que se acicala de mercaderías de contrabando y erige el poder de este tipo de comerciantes, dejando de lado la capacidad de producir y también de perder sus lugares porque ciento diez años de la Harinera Antioqueña con el molino de madera desbaratado y perdido solo ocurre en la ciudad cuyo Centro Histórico es una soberbia risa, así se lea en los avisos a las entradas de Medellín.

Con Jairo arribamos a lo que fue el Pasaje Sucre demolido sin compasión durante la alcaldía de Luis Pérez, lo cual le hizo acreedor a su primer premio internacional, el Atila, por la destrucción de un bien patrimonial.

Del Guayaquil de la leyenda solo han quedado estos cuatro libros, cada uno dando su versión de ese territorio. También hay investigaciones, tesis, relatos, cuentos. Incluso textos inacabados de Tartarín, de León Zafir, de Oscar Hernández. También existe un libro como Guayaquil, una ciudad dentro de una ciudad de Alberto Upegui Benítez que le falta ser más puntual en algunas crónicas.

El repertorio sobre Guayaquil hace alarde de una sorprendente jactancia de crónicas y artículos, de anécdotas y personajes, y seguirá incluso cuando se cumplan bodas, centenarios de la ciudad o mirando fotos de manifestaciones, pasando por Salvita que cae de nuevo en su fatídico acto, también sigue la puesta en escena de rememoraciones, fotos sobre los edificios para mostrar cómo eran antes, remembranzas de lo popular, como simples decoraciones del avance y de la extinción que a menudo nos gusta mirar, como acto depravado de la nostalgia con la compañía de un algún tango de Larroca, de Aguirre, de Moreno de por medio.

En los umbrales de este siglo ya no existe ningún pathos de maldición o de bohemia, pero sí ciertamente un profundo sentido de la transformación radical de Guayaquil, cuyo nombre se desvanece por el de El Hueco como sinónimo de quienes reemplazaron el comercio del mercado familiar por el contrabando y los contenedores para compradoras histéricas con baratijas de fantasía. Guayaquil de esa manera sufre un aletazo ante la globalización y por consiguiente una sentida e indiscutible adecuación, restructuración y un profano desmantelamiento, ajuste y significación de vivirlo, de concebirlo y administrarlo. Cierto, Guayaquil se deshace ante nuestra mirada.


jueves, 11 de mayo de 2017

paro nacional del magisterio 2017 /día 1/


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paro nacional del magisterio 2017
día 1
víctor bustamante
las reuniones inútiles después de seis meses de negociación y de negación
para concluir que a lo empleados estatales, en este caso a los maestros,  se les da caramelo
caramelo desde hace años
incumplimientos
mentiras
reuniones
y más reuniones
luego seguirán otras reuniones con directivos que no tienen ningún poder de decisión
hasta que llega el ministro de hacienda y dice que no hay dinero
o sea
que se han perdido
seis meses
botando corriente, mucha corriente
cuántos años van con el mismo problema sin solución
con la misma insensibilidad de ministros y presidentes
miremos hacia atrás y desde ahí viene esa irresponsabilidad de exministros y expresidentes
hablando, reuniéndose, llevando proyectos, cuadrando cifras para entretener y enternecer  a los ingenuos negociadores
o sea
ya se sabía del incumplimiento desde quienes nunca han dado una clase en su vida
nunca han sabido concertar sino con la ficción
nunca han sabido considerar sino con las quimeras
mañana y pasado mañana y hasta otros años aparecerá el caramelo disfrazado de concertación
y los negociadores del magisterio probando más de ese mismo caramelo
el caramelo que le dan a todas las asociaciones
a los sindicatos
porque la mermelada costosa es solo para las cámaras legislativas
en el país donde los partidos politicos han sido arrodillados con mermelada
¿dónde está el  señor elegido por millones de votos?
¿el patriarca que ha prometido la paz?
¿dónde anda el señor de la comarca que en tono grave habla y habla en la tele y no da soluciones?
¿de dónde saldrá el dinero para la llamada paz de algunos?
¿estará raspando la olla?
¿explicando lo de reficar?
¿revelando lo de odebrecht  de la cual no se dio cuenta?
¿o buscando otros espejismos como las locomotoras mineras?
¿o aun leyendo el nuevo maquiavelo?
¿dónde estará el ministro? ¿siguiendo las huellas de otros ministros?
¿saben lo que es exigir en la calle?
¿saben lo que es una marcha?
¿estará el señor de la comarca mirando la medalla del nobel de paz,
¿o brillando la orden nacional del mérito en el grado de collar mariscal francisco solano lópez?
¿o exhibiendo la orden nacional ‘josé matías delgado’ en el grado de gran cruz?
¿o enmarcando  la insignia de oro?
¿o lleno de mansedumbre con la condecoración de la universidad de miami?
¿estará el camarada santiago y timochenko  sorprendidos con los premios gernika por la paz y la reconciliación, mientras el país lo despedazan y los maestros siguen en la calle?
¿estará el señor de la comarca ideando con sus asesores otro caramelo más dulce y más alambicado para darle a los negociadores del magisterio y entretenerlos otro año?
¿o andará buscando un nuevo y mejor amigo para traicionarlo?

día 1
mayo 11 / 2017

viernes, 5 de mayo de 2017

47 Medellín: Deterioro y abandono de su Patrimonio Histórico. Oscar Rojas


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47 Medellín: Deterioro y abandono de su Patrimonio Histórico. Oscar Rojas 

Oscar Rojas 

                                                                                                  Para Juan Carlos Buriticá 

Víctor Bustamante 



Esta crónica nace al leer un texto escrito en 2012 por el poeta Óscar González donde enfatiza la desaparición, mejor el desmantelamiento y robo del Monumento al Arriero del escultor Óscar Rojas, ubicado en la glorieta de la avenida 33. 

Los llamados habitantes de la calle, que deambulan sin quien les dé una mano, y, además, algunos de ellos, vándalos que, estropean desde una obra de arte hasta las tapas de alcantarillas, las barandas de los puentes; dejan la ciudad sin esos detalles que le dan identidad. En este caso las esculturas del maestro Oscar Rojas, el cual ha sido víctima de este despojo, desde el Monumento al Arriero hasta el saqueo y pérdida total del Monumento funerario a Porfirio Barba Jacob en el Cementerio Universal. Y muchos años antes, un fogonero, Trompemula, había destruido El Voceador de Prensa, vaciado en cemento también de Oscar Rojas, situado en el Parque de Villa Hermosa, ya que había pensado que éste se había basado en él para modelarlo. 

Esta obra, el Arriero, realizada en piedra y bronce, fue presentada en 1978, como un homenaje a ese ser que tanta prosperidad le dio a la región, al trasportar bajo su cuidado y, a lomo de mula, mercancías diversas por los caminos arduos de la geografía como telas, vidrios, químicos, pianos, herramientas, cargas de café, alimentos, hasta los primeros autos desbaratados en diversas piezas, para rearmarlos en Medellín con chofer extranjero a bordo. También, adornos, más vituallas, incluso locomotoras para ser igualmente rearmadas en la ciudad. Sin olvidar sus postas de descanso en las fondas a través de las agrestes montañas. Pero de esa epopeya solo ha quedado en las ruinas que la celebran en algún ilusorio Día de la Antioqueñidad o en algún cuento por ahí perdido, acaso de Tulio Ospina, acaso en alguna página donde Carrasquilla los menciona o en crónicas de Safray, Gutiérrez González, incluso de Isaacs. Pero diversas generaciones que poseen toda la tecnología y con su inmediatez transitan de largo ante ese muñón de piedra, pura ruina, que aun reclama desde su abandono, síntesis no solo del destino que corren los artistas y sus obras en Medellín, sino de la nula Ilustración de sus administradores con sus escoltas que pasan en sus autos de vidrios ahumados, y nunca se hacen la pregunta, ¿qué ha ocurrido en esa glorieta? 

Cierto, Medellín es una ciudad deteriorada por el descuido y por los chatarreros que se robaron los elementos de bronce de la escultura. Primero fue la cabeza de la mula, y nadie se percató. -Sigo a la manera de Brecht-, luego le arrancaron las manos y nadie dijo nada. Muchísimo más tarde fue desmembrado el torso del arriero, para venderlos por cualquier cosa, y como pensábamos que vivíamos en otra galaxia, la de ser modernos. Nadie tampoco dijo nada. Siguieron los días y de ese monumento solo quedaron las fotos que persisten en señalar que ahí existió una obra de Oscar Rojas, el maestro, el único sobreviviente de la generación de Fernando González. 

En esta escultura, Rojas, le hacía ese homenaje al arriero en un momento en que la arriería era ya cosa del pasado, al menos en la ciudad, que ellos tanto ayudaron a construir para la riqueza de sus patronos así como a fortalecer el comercio. Pero que ahora, en pleno siglo dos mil, debido a la modernidad que almacena su origen y lo dispersa, lo tenemos en cuenta como un simple dato histórico, en la ciudad que no ama su tradición sino en los fastos, eslóganes y desfiles para sobreaguar con su propio remordimiento. Es como si persistiera, en la nueva mentalidad, la mirada del turista que llega, conoce algo, fotografía algunos lugares y se marcha. 

Entonces uno queda con la perplejidad de que este exabrupto cometido desde antes de l995, cuando ya habían robado la cabeza a la mula, y solo había quedado el arriero, hasta hoy no haya sido reparado. Lo que señala la indefensión de las esculturas en la ciudad, sinónimo del poco sentido de pertenencia y desamor a las obras de arte que no solo la embellecen sino que son el símbolo, el homenaje, a uno de los participantes directos en una de las epopeyas más grandes de la Antioquia: los arrieros. 

El Monumento al Arriero se queda ahí en sus vestigios, ya que la obra de Óscar Rojas, porque la tiene distribuida en la ciudad, ha sufrido otro proceso de vandalismo: el olvido; esa extraña noción de no valorarlo a pesar de su permanencia. Antes su Monumento funerario a Barba Jacob también fue saqueado, hasta perderse el rastro total del poeta. Sus restos habían sido traídos a Medellín a los cuatro años después de su muerte en México por gestión de Ciro Mendía, León de Greiff y Rodrigo Arenas Betancur, y se depositaron en el Cementerio Universal. Pero en 1973 profanaron la tumba, algunos poetas díscolos y aún más, excéntricos, y aún más mitómanos de pandereta que quisieron llevarse la urna con el corazón del poeta. Por cual en el cementerio decidieron entregar los restos al Banco de la República, que los entregaría más tarde al concejo de Santa Rosa de Osos. 

Ante este infausto descuido nos dimos a la tarea de buscar al maestro Oscar Rojas. Por pura casualidad lo encontramos en el Salón de ajedrez y billares Maracaibo, donde el maestro pasaba sus tardes jugando, incluso posee su taco personal como todo eximio billarista. Arnulfo Jaramillo, me dijo, usted que está buscando al maestro ahí lo ve, es ese, ahora se lo presento. En ese momento conversamos sobre el cierre de los billares, algo sobre el destino de sus obras. Luego lo llamé a su apartamento pero no respondía, otro amigo tanguero, Bernardo Fernández concertó una cita. 

Como ya habían cerrado el Maracaibo y lo trasladaron al Pasaje Sucre con Junín, al maestro no le gustaba ir a su nueva sede y decidió frecuentar Billares Aburrá, al frente de lo que fue El Cid y tomando tinto, me invita a su casa en la Plazuela de María Auxiliadora. 

Su casa queda en el primer piso de un edifico de apartamentos, lejos de su casa taller en Enciso. A la entrada se respira la presencia total de un artista. Allí permanece parte de su obra, pinturas, dibujos, tallas en madera o en piedra, esculturas en bronce donde se destacan, León de Greiff, Gonzalo Arango, pero sobre todo es previsible la versatilidad, ya que en estas obras, Oscar Rojas, nos enseña sus diversos momentos creativos, allí está de cuerpo presente, como si al recibirnos en su sala habitáramos su museo personal. 

Hay una presencia cara, primordial, decisiva, para Rojas, y es la del que él considera su maestro, José Horacio Betancur, a quien le esculpió su rostro como un homenaje siendo su alumno. También es posible respirar la presencia de alguien admirado por Oscar Rojas, Pedro Nel Gómez, a quien visitaba en su casa de Aranjuez. 

Luego, en una conversación, pausada y con gentileza, relata su condición de artista, su vida como escultor, sus inicios, sus viajes, su vida en Medellín, y los cambios que la ciudad sufre, pero, sobre todo, notamos que él es sobreviviente de un momento de esplendor, donde se relacionaron diversos artistas. Y como él, en un momento único de solidaridad y presteza buscó a través de algunas de sus obras modelar a sus contemporáneos ilustres como una noción de su afecto. O sea, había un diálogo y reconocimiento con aquellos artistas cercanos. Pero ya esos amigos se han ido: Carlos Castro Saavedra, Alberto Aguirre, Gonzalo Arango, Fernando González, Manuel Mejía Vallejo, José Horacio Betancur y Pedro Nel Gómez. 

En ellos existía una preocupación social, estética, una idea de cuestionar, de cambiar el mundo, que se traduce en sus obras. En Carlos Castro con su poesía, en una doble connotación expresada en Fusiles y luceros. En Aguirre con su crítica mordaz al establecimiento. En Gonzalo Arango perdura la necesidad de una nueva poesía y de actitud de amistad y lacerante ante la vida. En Fernando González la intuición y también la crítica a una sociedad enraizada solo en las ganancias. En Mejía Vallejo una actitud muy personal ante la novela para describir lo que ocurría partiendo de una visión autóctona del mundo. En Pedro Nel la persistencia del artista en buscar los orígenes a través de sus pinturas y a definir una ciudad desde una perspectiva más humana. 

En ese homenaje que Oscar Rojas rinde a sus contemporáneos vemos que hay un escultor que desde la dureza del bronce presiente que en ellos habrá una permanencia en lo que le han aportado con su pensamiento a la ciudad, a una región. A la mayoría de ellos, a quienes les realizó esculturas está presente el deseo de que por sus manos estos perduren a través de su amistad y asombro. 

Hay en Oscar Rojas, en otras de sus esculturas, esa significación de ese concepto de autenticidad que se refleja en ellas, como la persistencia en la maternidad, la lucha del hombre, la intolerancia, y sobre todo la utopía de un cambio. De ahí que existe un compromiso en el artista ante la situación que vive y refleja el país. La escultura del Arriero, al fragmentarla, es el deseo de que este personaje emblemático sea definido desde otro concepto. En Gaitán es la rebeldía y la asunción de una manera diferente de hacer política pero también la crueldad de su asesinato. La escultura a Porfirio es el homenaje de esa generación al poeta que escribe sus versos trágicos llenos de reclamo y nihilismo. 

Además, ya en grupo, con José Horacio Betancur, ambos buscaron expresar los mitos antioqueños, para darles cercanía en lo visual, que salieran de la imaginación popular y de algunas pinturas, para eternizarlos en bronce. Ya sabemos que una escultura situada en la ciudad, le da una doble significación, recordar su identidad a través de esas personas y al homenajeado, su perdurabilidad. 

Oscar Rojas es uno de los escultores que le han dado a ese arte su nombradía y con ellas deja una huella en la ciudad que, de una manera silenciosa, expresa no solo a sus escultores sino que ella misma se convierte en museo de la calle, puntos de referencia que dan la seguridad de un encuentro. Rojas expresa una condición de artista al lado de Marco Tobón Mejía, Arenas Betancur, Pedro Nel Gómez, José Horacio Betancur, Botero, Francisco Antonio Cano, Vayda, Salvador Arango. En ellos se define cada momento por el cual ha pasado la escultura, cada una de ellas habla desde la firmeza en que fueron creadas. 

A medida que avanza la conversación describe un Medellín que no existe en los libros sino en su memoria y en la prodigalidad de su entereza para mantenernos en vilo con su experiencia, paso vital por la ciudad, y con mucha curiosidad sobre un Medellín que ya no existe sino en sus calles pero no en los lugares que él menciona y llegó a vivir con firmeza. 

En él es notoria la actitud del artista que se ha forjado un destino, que vive tranquilo ante la adversidad de un Medellín que a veces creo que lo deja de lado, pero que a él ya no lo inquieta. Su sabiduría nos hace tener en cuenta que su obra está ahí firme, valiosa, perdurable. 

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Nota: En esta valoración hacia el maestro hay un primer video sobre el destino de alguna de sus obras y en el otro una conversación donde comparte su trasiego creativo y su destino como artista. 




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miércoles, 3 de mayo de 2017

réquiem para el poeta - Yony Albino Arenas


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réquiem para el poeta

víctor bustamante

nadie se atreva a preguntar los motivos
las causas
de su decisión
que nadie pruebe indagar
sus desastres / ni sus delirios
sus llagas / ni sus penas
su costurones / ni sus soledades
sus cicatrices / ni sus rabias / ni sus dilemas / ni sus dolores / tampoco sus llantos

porque solo él supo habitar e indagar en sus naufragios
en sus causas
en su sentencia
cuando la amarga lava al interior de su continente
explotaba al rojo máximo
mientras llovían los fuegos de sus penas/
la desazón de sus diatribas
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por eso él se ha ido
a buscar el camino fatigado que nunca se abrió
a bucear en las montañas
a dejar sus desiertos
a dejar sus calles y sus veranos que ha mirado desde la niebla del metro hacia el parque arvi
y ha preferido la claridad de su huida
/sin puertas ni llaves/
que aprieta como la mandíbula de la misma noche
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por eso
alto en lo alto de un árbol
en lo alto de sí mismo
nadie lo acecha atrás de su hombro
sino que ella ya se ha pronunciado cerca de él mismo
en su plenitud  y en su fricción
en sus certezas y en sus espíritus negros
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por eso esta noche de abril
ha decidido beber las imágenes de su despedida
ah de los despedidas y de las penas
sin fechas y, sí, en sus decisiones
en el viento que sacude sus cabellos
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había dejado las duras orillas del cauca
sus montes / sus campos de arroz/ los pájaros de la desgracia
porque ahora sus manos atan la noche
amarran los lazos del desespero
mientras rebasa los diálogos de la nada
y los caminos se pierden sin sus pasos
en la mañana que lo toca
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Abril 3 del 2017
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Lentamente tus ojos se apagan

Valeria Isaza

Lentamente tus ojos se apagan
has entrado en la sombra
y ahora sombra eres,
sombra de bolombolos.
Te vas, dejando polvo en el camino
siendo montaña, siendo río,
has decidido salirte del tiempo.
Te vas, cansado de no ver los árboles
en lo más adentrado del monte
donde ya no se sabe si se es
monte o hombre.
Ahora todos estamos llenos de tu fantasma
el corazón del monte habita en tu cuerpo
tus manos se han hundido en sus entrañas.
Contigo mueren las flores
lejos, se escucha el viento
muriendo sobre ellas.
Luego moriremos todos

testigos del tiempo y de ti.

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En la muerte del joven Jony Arenas

Raúl A. Mejía

Aburridos vates,
Aburridos versos:
Claman dadivosos
Cínicos, llorosos…
-El joven poeta identifica señales,
Opciones, figuras entre nubes.
Desconfía de estrellas: no hay.

Farsantes vates,
Farsantes versos:
Habilitan disfraces
Publicando, voraces…
“Trakl” opta por delirios,
Ocasos arropan rocíos, penumbras.
Tristes poemas que la muerte censura.

Invitados vates,
Invitados versos:
Se urgen citas, epigramas,
Retocadas fotos, ramas…
-El joven poeta avanza perplejo de aires,
Evita nostalgias, refugios. Prosigue.
Impertinentes soslayos quedan atrás.

Comercializados vates,
Comercializados versos:
Vanidad arrogante, demente,
Rodillas afeitadas, ego creciente.
“Celan” abandona cacería de fantasmas.
Sonríe, modula “adiós” en varios idiomas.
Es tiempo ya de no despertar.

Advenedizos vates,
Advenedizos versos:
Te festejo ocasional,
Me celebras nacional…
-El joven poeta quizá busque frutos.
Savia y gleba anticipan gritos.
En el horizonte se balancean sombras, portales.


Hipócritas vates,
Hipócritas versos:
¡Dale “me gusta” a todo comentario!
Incrementa tu devoción a diario…
Ateridas noches, frías desolaciones,
Apenas sí insomnes perros acechando.
“Silva” apunta con desdén, cae.

Mediocres vates,
Mediocres versos:
¡Sumémonos a tan desopilante multitud!
¡Roamos cual gusanos ávidos de decrepitud!...
Está hecho, abruman soledades.
-El joven poeta culmina, a solas, lento suicidio.
Sus palabras trascenderán ecos, suplicios.

4/V/2017

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“MONTARAZ”: JONY ALBINO ARENAS DE NECHÍ

                                                                  Por Carlos Alfonso Rodríguez

          En el panorama de la nueva poesía antioqueña, colombiana y latinoamericana, la joven aparición del poeta Jony Albino Arenas (Nechí) se presenta como una torrencial voz cargada de una poética que nace más en el campo, en la montaña profunda, en la marginalidad de la metrópoli que en la propia  jungla de la ciudad.
        
         Los grandes poetas de Colombia nacieron en pueblos recónditos y remotos: Epifanio Mejía (Yarumal), Gregorio Gutiérrez González (La Ceja) Porfirio Barba Jacob (Santa Rosa de Osos), Ciro Mendía (Caldas), Gonzalo Arango (Andes), Luis Flórez Berrío (San Andrés de Cuerquia), Jaime Jaramillo Escobar, (Pueblo Rico), Raúl Gómez Jatttín (Cereté), Jorge Rojas Herazo (Tolú), Jorge Gaitán Durán (Pamplona), Aurelio Arturo (La Unión, Nariño).
        
         En América se sabe que Mariano Melgar, nace en Arequipa, Carlos Augusto Salaverry, en Sullana, Federico Barreto en Tacna, César Vallejo en Santiago de Chuco; Gabriela Mistral, en Vicuña; Pablo Neruda en Parral; Mario Benedetti, en Paso de los Toros, César Dávila Andrade en Cuenca; Jorge Enrique Adoum, en Ambato, etc.
         
         “Montaraz” es un título que sintetiza de manera abierta, clara y contundente los varios elementos con los que están compuestos la mayoría de los cantos y poemas reunidos por el autor en este libro. Sin embargo, creo entrever dos universos muy definidos y específicos; primero el universo de la tierra, del campo, el de la montaña nativa o el de la selva virgen; el segundo es el universo lírico, amoroso, romántico o social.

         En el primer mundo o universo nos cuenta, narra y canta la vida en el campo, y más precisamente en el bajo cauca, que colinda con el norte antioqueño, cuyas fronteras culturales, sociales, económicas y naturales se unen muy bien con el sur del departamento de Córdova, que nos evoca y recuerda ese legendario luchador, guerrero y militar de la gesta emancipadora en Colombia y América. Pero también con el sur del departamento de Bolívar, que honra al líder de la gesta libertaria de América.

         Cuento o menciono todo esto para manifestar que su canto y poesía es también una muestra de un sincretismo cultural, un mestizaje de regiones, expresiones o etnias, corroborada en el lenguaje, en las expresiones locales, en los acentos particulares, en la riqueza de la fauna y en la flora de la tierra o región en la que nació el autor del libro, cuyo eje terrígeno corresponde al municipio de Nechí que pertenece a la subregión del bajo cauca.

         Puedo comentar también que es un autor de condiciones innatas, realmente sobresalientes para este oficio de escritor y poeta, que al presentar este primer libro de poemas y cantos denominado: “Montaraz” coloca en la vanguardia poética a su región, a su departamento y a su generación. Larga vida literaria, libertaria y poética pata este excelente joven autor.    


YO SOY UN BUEN TIPO/MONTARAZ
                                                          
          A Edward Páez “…ni tampoco humilde no faltaba más”

Yo soy un buen tipo…
a pesar del cabello largo
de la humildad corta,
de la pedofilia reprimida
de la comprobada gerontofilia.
Yo soy un buen tipo
aún cuando lea a Nietzsche,
predique a Jattín
y oré a Hitler,
a pesar de mi racismo oculto.
Yo soy un buen tipo,
un tanto misántropo, sí,
huésped asiduo de los prostíbulos, sí,
bohemio, bucólico y montaraz, sí.
Yo soy un buen tipo,
vándalo, comunista, depravado,
sexo-pata, existencialista, fascista,
homofóbico, apátrida, sincero.
Yo soy un buen tipo,
a menudo, cuando la poesía lo permite
y sobre todo mientras duermo.


HE PASADO LA MAÑANA FUERA

He pasado la mañana fuera
niños, mujeres recién levantadas
café hirviendo
pasto húmedo
bruma gris
titis, mango caídos,
arroyos crecidos
árboles quebrados,
mariposas, mosquitos, murciélagos, monos,
el pomar pocas pomas posee
ya no hay hicacos.
Pronto no habrá más que olor a mangos
he pasado la mañana fuera de casa
en compañía de mi perro
que teme a lo desconocido.