miércoles, 21 de junio de 2017

LA VIGILANCIA SOBRE EL LENGUAJE / Darío Ruiz Gómez




LA VIGILANCIA SOBRE EL LENGUAJE

Darío Ruiz Gómez

Durante algunas visitas a Cali tuve la oportunidad, hace ya muchos años, de conocer a un poeta, profesor de una Universidad y quien abiertamente me confesó su cercanía con el Secretariado de las FARC. En una Feria del Libro celebrada en el Campus de esa Universidad se incluía una conversación de los dos sobre el papel de la poesía en la sociedad, al medio día hablamos amistosamente. Llegado el momento yo me referí al papel que la poesía jugaba en mi vida y a la necesidad de que estuviera presente en un mundo dominado por la mezquindad. El poeta se levantó cuando llegó su turno y dirigiéndose al público dijo, sorpresivamente: “Ahí tienen a este paisa con las manos manchadas de sangre pues con el nuevo Presidente paisa se ha iniciado la más tremenda represión contra las masas trabajadoras”  Y continuó su perorata acudiendo a los consabidos clichés sobre los paramilitares, el imperialismo asesino.  Cuando terminó dije a los presentes que yo había venido a hablar de poesía, que me sentía agredido y por lo tanto me retiraba del salón. Para sorpresa del poeta y sus aceitados bucles la gente salió detrás de mí. En seguida me alcanzó una señora quien se ofreció a sacarme de aquel enmalezado campus.  Recordé esto al leer en “El Espectador” – 13- 6-2017- que Timochenko ha declarado que de aquí en adelante  sólo la palabra será su arma. Marx, recuérdelo Londoño, mostró, precisamente, la relación directa entre lenguaje e ideología política: ¿Cuál puede ser la palabra a utilizar por quien hasta hoy ha vivido dentro de un intransigente dogma totalitario?  Las peroratas de Fidel Castro solo sirvieron para hacer dormir de tedio a unas masas “proletarias” de origen campesino. Y ¿Qué tal las alucinadas cacofonías de Maduro evidenciando el hecho de que se desfondó para siempre su cantinflesco populismo?  Víctor Klemperer  sobreviviente de los bombardeos de Dresde, gran filólogo, escribió un texto de indispensable referencia a este respecto: “El lenguaje del Tercer Reich”, clarividente  análisis  de la manera como se convierte el lenguaje humanizado en  la virtud de la confianza;  en  consignas  alienantes  que destruyen  la consciencia de los individuos y los convierten en masas vociferantes. ¿Cómo podrá Londoño,   alias Timochenko y sus intelectuales comenzar a desmontar el lenguaje del totalitarismo e irlo haciendo permeable a la experiencia real de niños, indígenas, afrodescendientes, gays, madres perseguidas? ¿No tendrá primero qué reconocerlos como los seres humanos a quienes les negó su  identidad a nombre de una infame  idea de revolución? Al despojarse del alias y recuperar nombre y apellido ¿No nacerá  en cada exguerrillero  la responsabilidad moral que los hará reconocer como individuos? ¿Cómo entonces se podría dar un diálogo entre gentes de ideas diferentes?

El desmonte de un discurso totalitario que negó el derecho al pluralismo político ¿No supone la autocrítica en quienes han vivido prisioneros de una palabra vigilada  que  les prohibía pensar libremente?  La libertad comienza por un lenguaje insumiso a todo dogmatismo. “La ausencia de justicia, recuerda Bauman, destruye el camino hacia la paz” Pero algo me preocupa cuando Victoria Sandino al definir drásticamente el nuevo feminismo fariano nos anuncia la “construcción de una nueva masculinidad”. ¿Le cortarán los bucles al poeta y perderá su inspiración “revolucionaria”? ¿Cómo será el canon viril de los poetas de las FARC? El haber vivido fuera de la libertad conduce a muchos desvaríos, sobre todo cuando se tiene que arrastrar un lastre tan antimoderno: el cadáver del comunismo.   


DOS RELATOS

Raúl Mejía

AMIGOS

Así como cierta vez intenté volverme escritor, redactar al menos un relato, poema, ensayo o novela, también me atreví a ser buen amigo y, de esa manera, rodearme de excelentes amistades. Lo intenté apasionada y desapasionadamente, dejé que el azar discurriera sin obstáculos. Tengo cincuenta años, ignoro cuantos más viviré, pero desde adolescente anhelo esa sensación de contar, por lo menos, con una presencia fraterna y que se me apreciase de la misma manera. Asumir fracasos no difieren sustancialmente desde el momento de ser joven y este ahora, poco menos que viejo: es sensación idéntica, salvo que la dermis pueda atenuar escalofríos, rabias, hastíos.

Cursé carrera nocturna, sencilla, la que me agradaba. Ingresé antes de ser mayor de edad y el ecléctico grupo aquel, inicial, lucía como tosca galería de seres distantes. Permanecí ese semestre con mi única compañera, la timidez. En aquellos años “ochenta” tanto mi universidad como Medellín, se presentaban con bajos índices de cemento, predominando notorias superficies verdes. Sobre vastas gramas dejaba que el tiempo se aproximara al instante de acudir a clases, tontas asignaturas como insípidas jaculatorias para sordomudos. Para el segundo semestre se hizo común (ahora la palabra sería viral) el uso del “beeper”, reliquia en estos días, pero novedad allí. Entre intersticios, ir a cafeterías y deambular, me topé con la tarjeta personal de un compañero, joven él, robusto y casi tan distante como yo. Saber que estaba allí su nombre era irrelevante, no un código y números donde ubicarlo. ¡Qué diablos! Tal vez Adán haya podido ser menos displicente. Llego a casa, marco y le menciono a la operadora que mi mensaje es, apenas, “hola”, nada más. Siguientes días y añado al hola mi nombre, más días y extrema atención al coincidir con el compañero en cualquier asignatura… Aparece, se ubica y, rodeado de otros sujetos, me muestra su dedo anular erguido. Ríen todos menos él, me sonrojo, salgo, acudo al baño y doy del cuerpo: primero mi salud que ese inicial fracaso. Como en cuentos apócrifos sobre duendes denostados, el resto de mi épica universitaria transcurrió plena de monotonías y misantropías. Recibo el grado, vago un par de años, logro emplearme y arribo, próximo a mis treinta años, a la siguiente década. Trabajé como docente en colegios privados hasta que mi vapuleada hoja de vida no dio para más enmendaduras: decidido estaba a aventurarme en actividades diferentes, sólo que, por estratagemas del azar, vine a toparme con un ex colega, bien posicionado en elitista universidad. Reconozco que entre ambos hubo aceptable cordialidad sin avanzar, por supuesto, a esa –para mí- deseada amistad. Que nos vemos, hablamos, recordamos… Al cabo del tercer tinto había, mal que bien, culminado mis cuitas. Me sorprende con atención, silencio y la opción de que podría “ayudarme”. Se planean citas, las primeras fueron aplazadas por virosis mía y reuniones suyas. Para esa época empezaron a ser novedad teléfonos inalámbricos y pequeños juguetes electrónicos que, si mal no estoy, consistían en alimentar y proteger a un animalito o sujeto, evitando que muriese. (Recuerdo haber “quitado” varios a fastidiosas estudiantes). Ansioso, sí, estoy esperando al ex colega afuera de su oficina, no tiene secretaria, lo que me insta a tener paciencia. Antes de mí ingresan alumnos, les oigo reír, hablar en voz alta. Después de impacientes instantes, estrafalarias carcajadas y sobresaltos me alarman. Lo peor ocurre al escuchar atronadores gritos: penetro en esa oficina, preparado para ser solidario o servir de ayuda y me apabullo al observar desopilantes escenas de jóvenes riendo a más no poder por desenlaces en aquellos juguetes: “¿qué pasa?”, pregunto.  Nadie responde y el ex colega solidario me mira –sin separarse de su teléfono inalámbrico-, mandándome visualmente a la mierda. Recuerdo que, al pedir mi cédula al salir de esa universidad, no dejé de maldecir hasta provocarme consecuentes bilis.

Penosamente proseguí como docente, siendo única novedad mi llegada a la educación oficial. Estoy pocos meses en execrable pueblo antioqueño, soy trasladado a Medellín a comienzos de este siglo XXI. Decir que me había casado, que era padre, no aportan al trasunto de este relato. Habría de durar en aquella institución oficial más de diez años: cuando di mi primera clase, contaba con treinta y cinco años, aún lucía bien y correspondía (hasta donde la ley de adolescencia no es punible) coquetamente a la voluminosa coquetería de muchas chicas. Otros colegas, otros… Lo que en este instante pueda asimilarse como serio trastorno mental, no se anunciaba al comienzo de mi labor durante esos años, pero sí era evidente en más de un compañero, enfermizos, sindicalistas, siempre mal de dinero, feos, mala gente, estúpidos. Ya algunos se irían a jubilar, llegarían reemplazos jóvenes o adultecidos; sin tener completa idea de lo valioso que era estar allí, vivía mi rol con abultada apatía. No se retrasaría el nuevo espectáculo: los “celulares”. ¡Oh sí, celulares! Inicialmente onerosos, luego asequibles. Todos luciendo modelos, peligrosa libertad para localizar y ser localizado. Desde lustros atrás traía fobia por adminículos novedosos, no quise hacerme a esos teléfonos pequeños, prácticos, viciosos…Pero perdí y más, cuando cierto divertido profesor de química, bastante irreverente durante empalagosas reuniones con rector y coordinadores, me pasó (nos pasó a varios) su número: “ten para que me marques, nos hablamos”, me dijo. Adquiero el propio, me enseñaron a manejarlo avezadas alumnas, pero poco lo utilizo. Al empapelárseme los dígitos que pudieran comunicarme con el compañero de colegio, procedí a pedírselo de nuevo. Enarca este sujeto peligrosamente sus cejas, pasando de bravuconadas gestuales, a improperios agresivos: “¿quién te crees tú, marica? ¿Cómo te atreves a pedirme eso?” “Oye”, iba a decirle, pero el energúmeno salió a prisa. Supe después…Es fácil colegirlo, me enteré de infidelidades, romances complicados con adolescentes y montones de amenazas. “¿Es el celular o soy yo?”, no me sé responder.

Ciclos y ciclos, mueren, nacen. Presidentes corruptos, país corrupto. Mediocres vanidosos, genios apáticos. Grados, bachilleres, publicidad y el ascenso del poderoso agujero negro del Internet: ya celulares inteligentes, portátiles, computadores personales, las tres WWW, redes sociales, información desbordada… Cumplo cuarenta y seis años, logro anticipada pensión: celebro compensado papel de vago con sueldo. No volví a dictar clases, no volví a pisar aulas, ni a leer grotesca pedagogía. Por supuesto he ido engordando y mis deudas prosiguen: docente que se respete se vende al diablo de los bancos y cooperativas, fácilmente. El reto novísimo apunta hacia manejos del computador, lo cual es abismal para un sujeto como yo, aprendo lo esencial. Caramba, era difícil prever en lejanos años “ochenta” el avance exponencial que ha traído consigo este mundo digital. Leo, pues, portales de noticias, repito y repito videos musicales, clandestinamente observo páginas de pornografía (sabiendo, después, que traen muchos virus) y abro mi correo.” ¡Correo!”, ¿con quién? Ah sí, con corporaciones, almacenes, periódicos. Luego acudo a redes sociales (ya sabía de ellas antes de pensionarme, pero mi desprecio era vomitivo), cedo de nuevo, creo mi perfil y a “buscar amigos” … ¡Jajajajaja! Pero, ¿cómo, de dónde? La esposa cuenta con cientos, el hijo con miles. “¿Son todos conocidos?”, pregunto. Ríen y no responden. ¿Amigos así de fácil, en cantidades? “¡Cosa del diablo!”, me decía. Me sugieren probar con el buscador o que haga atractivo mi perfil. Pasan meses, me entretengo con deleznables chistes y farándulas. Cualquier día, pues, que llegan de improviso “solicitudes de amistad” … ¡Hombre!, recuerdo emocionarme. Empiezo a abrir una por una y, carajo, son de parte de aquel compañero de antaño, del docente universitario y del ex colega que me dio su número de celular, incluso saludan y mandan caritas. ¡No puede ser!, repito en obsesivo soliloquio. Por supuesto y tras décadas de aridez en asuntos de amistad, rechacé a aquellos bellacos, enviándoles –de paso- “emoticones” sarcásticos.

“Amigos” … Mejor estar solo. Sin embargo, es palmaria y contundente esta pregunta: ¿por qué, entonces, no opté por hacerme a amigas? La respuesta hace parte de otro cuento.





   
DUDAS…

Tengo dudas sobre como iniciar. ¿Debería comenzar con palabras como fracaso, obstinación, frustración, pesadilla? Sé que de lo vivido e intentado hay apenas felicidad, pero me resisto a que todo haya sido deplorable. Sin embargo, quiero insistir, necesito persistir hasta la muerte.

Recuerdo muy bien al profesor de Castellano durante el bachillerato, el cascarrabias y erudito “don José”. Oh lo que insistió en asuntos gramaticales y ortográficos, envejeciendo peligrosamente ante nuestros exámenes, trabajos, que devolvía atizados de tachones rojos, remarcados con sarcasmos y anatemas. ¡Poquísimo progresamos! Aun así, le estimábamos. A este docente le encantaba la poesía, en particular la de poetas modernistas como Rubén Darío, Silva, Guillermo Valencia, Porfirio Barba Jacob, etc. Montones de versos nos dictaba, leía y exigía a modo de análisis e investigación. Para muchos compañeros, esto era peor que conjugar o memorizar reglas ortográficas. Pero a mí me fascinaban esas estrofas, rimas, ambientes. Tenía dieciséis años y, espontáneamente, quise volverme poeta. Al principio te escondes, garrapateas, no muestras; van avanzando multitud de textos horribles, mediocres pero fascinantes para el imberbe bardo. Una de mis hermanas leyó esas horrísonas grafías y contundentemente dijo: “no entiendo”. Bien, no iba a ser esa primera observación la que me desanimaría. Al cabo de meses contaba con más de cien poemas: soñaba con mi primer libro, recitales, fama (no dinero, eso sí lo aprendí pronto). Problemas surgieron como devastadores efectos colaterales de mi pésima ortografía: el diccionario ayudó, pero quedaban asuntos como conjugaciones, rimas, extensión de versos y, por supuesto, calidad. Era previsible que la persona indicada para “revisarlos” era mi titular de lengua materna. Ansioso y mal, pasé en limpio, usando vetusta máquina de escribir manual, poemas que suponía mejores. Al siguiente viernes, antes de salir del colegio, le entregué al profesor aquellas cuartillas, sintiendo que se formaban en mi piel miles de volcanes en ebullición. Estábamos a escasas semanas de culminar el curso, pronto recibiría grado de bachiller. Por esos días había presentado pruebas de admisión en diversas universidades, fácil accedí a la que ofrecía la carrera que deseaba: Lenguaje y Literatura. Estábamos pues, como dije, culminando períodos lectivos, viviendo tensos episodios de exámenes finales; entre tanto, silencio y apatía de parte de “don José”. No me atreví ni atrevería a, digamos, acosarlo. Durante su previa semestral, le observaba soslayadas miradas, burlonas a juicio mío. Y así, pronto, parafernalias del grado. Recibí título como mejor bachiller, fotos de ocasión, efusividades que no me distrajeron del displicente docente aquel. No volvería más al colegio, de tal manera que me armé de valor, lo busqué en sala de profesores (ahíta de quejosos) y no le vi. “¡A la mierda!, pensé, seguramente ni los habrá leído”. No podría faltar una última broma de parte del payaso del salón: nos lanzó a varios  detonantes no peligrosos pero sí ruidosos, en medio de sustos, risas y sobresaltos, tropecé con una caneca de basura, la tiré al piso y al estar bastante copada, procedí a recoger lo disperso y que me topo con mis poemas, extravagantemente remarcados con tinta roja, innumerables signos de interrogación y esta frase lapidaria: “quien esto haya escrito, le sugiero que pruebe con la venta de morcilla, de seguro le irá mejor…” “Mis poemas”, farfullé, percibiendo calcinante agresividad, derrota y desprecio.

Entre comienzos de diciembre e inicio de febrero, me dediqué a vacaciones, a laxitudes. Archivé mis manuscritos, no sin tristeza. Inicio universidad bastante adolescente, me siento aislado, solo. Hacerme a espacios y amigos habría de convertirse en desolada odisea. Asignaturas variopintas sobre literatura, lingüística, pedagogía, avanzan con reducido entusiasmo, atraen poco y la calidad de estos docentes es patética. Vivo experiencias con lo que denominan “documentos”, fragmentos de obras de consulta. No estaba al tanto de la redacción de ensayos, tal concepto fue eludido por aquel anciano adicto al modernismo. Me sedujo el término, al proveer libertad de opinión, apoyado en dosis mínimas de citas o epígrafes. Investigué, leí. En ese primer semestre tuvimos escasos trabajos, la mayor parte de las notas se basaron en previas. Sentía que aumentaba mi bagaje, leía a Camus, Borges, Ciorán, Nietzsche: fantásticos textos. Recuerdo haber sido puntillista en mis notas y al tener que redactar algo sobre aspectos del psicoanálisis de Freud, concentré al máximo mis capacidades. Había, sí, mejorado ostensiblemente en ortografía. Los ensayos fueron pronto devueltos y recibo comentarios amables. “Nada mal”, concluí. Durante ese resto de año y en los siguientes proseguía sin afugias, leía, no contaba con amigos, pero escribía ensayos. Ad portas de asistir al seminario final sobre literatura, se nos advirtió de lo excelente y exigente que sería el docente a cargo. Tratábase de un sujeto en extremo proclive a los griegos clásicos, en particular su teatro y mitología. “Nada azaroso”, barruntaba. Este profesional en compañía de otros, rendirían homenaje al poeta Barba Jacob, al celebrarse el centenario de su nacimiento. Acudimos en masa al foro de la universidad. Los participantes procedían a brindar sus charlas, algunas orales, otras leídas. Al llegarle el turno al experto en seminarios, que se despacha este hombre con decenas de páginas, densas, farragosas, intercalando en cada una siete o más citas, desglosándose en exégesis y posturas de intelectual oligofrénico: ¡más de dos horas sobre un poema breve, “FUTURO”, del vate antioqueño! Tuve, después, acceso al documento, asustado ante diccionario de autores citados: estructuralistas, pos modernistas, lacanianos y demás. Inquieto, me cuestioné: “¿es este el ensayo que predomina, vence, descresta?” …Me costó admitirlo esa vez y posteriormente, cuando entre camaradas “escritores” me topo con uno que, si escribiese sobre “Salomé” en cuatro, cinco cuartillas, anotaría minúsculo párrafo suyo, seguido de evidentes robos, paráfrasis y decenas de citas, refritos de cajón. Supe que optó, mejor, por editar y construir. Me gradúo como Licenciado, reduzco imágenes a eventualidades, renuncio por laxas temporadas a leer, escribir y visitar bibliotecas. Ocioso, sin trabajo, sin amigos.

Finalmente consigo novia, nos amamos y casamos. Aprovecho el título obtenido, obtengo trabajo en colegio de curas. Firmo contrato por el 75% del valor real, percibiendo solo diez meses de sueldo. Explotado sí, pero casado: la docencia cual vampiro impenitente. Trabajé en diversidad de instituciones, memorables y despreciables, había oferta abundante hasta que, a fines del siglo pasado, espantosa crisis me catapultó a tener empleo fijo. Gano convocatoria departamental, me nombran al primer pueblucho que se me ocurrió en extensa lista. Circunstancialmente y debido a reducción de plazas docentes, me trasladan a Medellín. Soy padre, dicto con contenido entusiasmo clases, siento que envejezco y adopto honestísima actitud “leceferista”. A comienzos del tercer milenio abren subsede de prestigiosa biblioteca cerca al lugar donde vivo. Frecuento el sitio, leo periódicos, revistas, presto libros, películas: es rito. Lo que ignoré durante semanas, era que allí funcionaba un “taller de escritores”. Pese a no desconocer el término, no sospechaba de alguno próximo. Me instalo como escuchante, joven poeta dirige las sesiones, se reparten fotocopias, leves tareas son asignadas y, por lo general, se consideran escritos de la mayoría. Me agrada, siento que reviven atávicos anhelos por la escritura. Me vuelvo asiduo, pero escasamente intervengo. Al director le complacen sobre manera las “crónicas”, ensalzándolas, entronizándolas. Desde mí, si acaso, son híbridos torpes entre ficciones y chismes amarillistas de periodistas, nunca me interesaron. Hay ciclos, felizmente habían pasado por lo poético y ensayístico, al culminar este sobre crónicas, se pasaría al cuento. Siendo franco, jamás me vi como buen lector, pero había hallado en los relatos fascinantes instantes. Poseía de Poe, Cortázar, Rulfo, Kafka, Borges, Chejov… ¡Muchos! Empero y debido a frustraciones previas, no me atrevía a intentar la escritura de uno. Bien, se proponen autores, títulos. Participo pasivamente. Al cabo de dos semanas empiezan leerse esbozos, tímidos e ingenuos en mi callada opinión. Se me trataba como miembro y estaba en mora de mostrar “algo”. Pensé en mis poemas, ensayos y sentí náuseas: ¿qué podría “mostrar”? Pero no estaba en mí esa decisión, debía escribir un cuento. El ejercicio estaba condicionado: el joven director, previamente, había propuesto tema y título, quedando lo demás cargo nuestro. Durante el fin de semana consecuente, dicha tarea no dejó de obsederme. Comencé con clásicas, manidas frases: “Había una vez…Érase una vez…”, fatales y obvias. Al cabo de múltiples intentos, concluí aquel par de cuartillas mínimas; acudí a descripciones meticulosas, fui preciso con el sugerido discurrir: inicio, nudo, desenlace; utilicé –entre efímeros diálogos- primera persona y ominoso narrador omnisciente. Recuerdo haber intercalado encriptados “monólogos interiores”. Respiré gozoso, lo transcribo en “Word”, mi esposa envía orden y la impresora cumple. Arribo a la siguiente sesión, ya anteriores, díscolos compañeros, habían cumplido con su tarea, faltaba yo. Multiplico mi texto, lo leo. (Nunca había leído en voz alta, ni siquiera en clase) ¿Cuánto pude tardarme, cinco minutos? Sentí que pasaron horas, empecé a sudar y a vivir altibajos en mi voz, pero leí y terminé. Nadie comentó –solía suceder-, lapidario: “Ok, gracias”, de parte del encargado del taller, me sepultó en la silla. Tomé agua, me sequé el sudor e ignoro si pudo ser fantasía, epifanía o epílogo frecuente, furiosa humillación que se apoderó de mí al finalizar la reunión: los que estaban conmigo, al salir, rasgaron y arrojaron al cesto de basura, aquellas copias de mi cuento. Se agolparon nostálgicas, depresivas escenas. Dejé aquel recinto apesadumbrado, angustiado, harto. No volví y si el suicidio, “por extraños sortilegios”, otorgase otra oportunidad, me habría lanzado como misil hacia el universo.

La vida sigue, prosiguen mi esposa e hijo. Ebrio de orgasmos y éxtasis, destruyo todo lo que tenga escrito. Me convenzo, como todo mentiroso, de piadosas moralejas: al no tener amigos, estas citadas experiencias se sepultan en mi dermis como pústulas ocultas, añejas. ¡Vaya novela esta vida mía! “Novela”, ¿por qué no?


GARCÍA MAFFLA: LLAMA DESDE EL PEVETERO 0 EL PESCADOR DE SILENCIOS / Juan Mares





GARCÍA MAFFLA:
LLAMA DESDE EL PEBETERO 0 EL PESCADOR DE SILENCIOS

Juan Mares

Me ha llegado por medio de los vericuetos de la posmodernidad la reciente antología personal de un poeta queridísimo por quienes somos tejedores de versos en el manto sacrílego de las páginas. No soy su conocido, aunque ya lo  he leído desde que fue galardonado, o exaltado por la Universidad de Antioquia en 1997. Y me pareció merecido ese homenaje convertido en hito porque testimonia, no el descubrimiento de un poeta sino la afirmación de un juglar que respira y canta como el pájaro de San juan de la Cruz, poniendo el pico al aire.

Antología especial “La herida del juglar” y en mi adentro, tras un camino antiguo de simbolismos y por efecto fonológico, pienso, en la herida del jaguar americano, el poeta tiene en el campo estelar de su pecho todas las mariposas encendidas del jaguar. Sin embargo en su canto viene, toda una estela de tradiciones  que se enraízan en la lengua materna, y aparece el verso sin florituras describiendo una cotidianidad: OTOÑO ///  A la mesa sentados a la tarde / Quietos abuelos dóciles como el trigo / Al oro de la sombra contemplan  /  Sueños, trozos de objetos  /  En el patio desierto la aurora  /  De la estirpe  /  Breve tiempo  /Caer cobre los muros con alas apagadas.”  Historia y tiempo resumidos en la imagen de la estirpe, el ancestro, y en esencia es la evocación como un espejo de sí  mismo, ya se es presencia iterada en carne, huesos y agonías.

El poeta es aroma antiguo y renovado en el pebetero de las esencias y lo esencial, murmurando las palabras que dicen de su empeño para sanar la herida, agua que brota del cuerpo astral y ya es la rosa sacudida por el aletazo del pájaro que canta refundido entre el follaje de las páginas.

El poeta se afina de preguntas como filosofando las palabras que nombran cada aventura del soñador de soledades. Del masticador de soledades de las que se nutre con nostalgias.

La sola presencia de la sombra de sus versos señalan el grito de Job en cada línea, como un centellazo de mirada que se disgrega entre el mundo de las cosas ya nombradas y de las vidas ya respiradas: solo le queda el cataclismo de las dudas y añudado en un pañuelo una pequeña porción de la esperanza. Es un adalid contra la desesperanza. Lo dice él, en alguna presentación, recordando a Rilke. Lo recuerdo por él citado: “Vivir es imposible, y la tarea del hombre consiste en sobreponerse”. Buen vino  libado. Es un apóstol que testimonia sus transparencias y misterios más abscónditos.

Hay poetas que manejan tres velocidades en el discurrir de sus elucubraciones entre corazón y cerebro: la primera es la  del vehículo en retro con la cabrilla hacia adelante dejando el atrás y sin embargo allí el retrovisor y  nombrar el asunto. Es la del ensueño de que hablara Gastón Bachelard, la velocidad de la añoranza, el filón del recuerdo rescatado de todos los tsunamis morales y éticos tras una reflexión filosófica que se hace poema. Esta velocidad la controla Jaime García Maffla: Y sin embargo, es un eco de hechos que han resonado en su  casco de submarino dentro del gris-azul de su conciencia.

La segunda velocidad es la de la bicicleta estática, donde contemplamos como se nos escurre el presente como agua entre los cuencos de las manos al ser empuñada; puñalada de espumas que se lleva el rio de Heráclito. El eterno rio de nuestros días en el instante fugaz donde “… nosotros los de entonces,  ya no somos los mismos.” Según reflexionar de Porfirio Barba Jacob: es la huida siguiendo en el aquí. En un aquí referido a las cicatrices del alma del poeta que sangra y sana como un Sísifo de los desencantamientos y a su vez la osadía de sherezada esperanzada, que en este caso es el hada del poema como súmmum de lo eterno en cada hora que transcurre mientras las cosas y los acontecimientos se suceden. O como un Ulises desafiando a las sirenas. Maffla es un poeta contra el fluir de las horas que se deslizan tras cada  señal de agotamiento ante la duda.

Su referencia en un poema de Vive si puedes nos remite a un fragmento del poema La   espera donde los versos se tejen con las palabras que dicen el movimiento desde dentro del ser: “Aguarda, que la espera / Estación única es / Y la de la conciencia,  / Su hacerla suya puedes.”  Porque “En la inmovilidad / Ya silencioso viaje.”  Y “…la ausencia es estar presente.” Dice en Pasarela. Para él es un ejercicio saberse así mismo en su onda de viajes sin misterio, siendo el misterio mismo: “Estar así / Aquí en mitad del aire / Y solo por el aire sostenido,  // Estar aquí, / Así en mitad del sueño, / Y solo por el sueño alimentado.  //  Estar en mí, / Aquí en mitad del duelo, / Y sólo por el duelo conocido.” Uno interpreta que el aire indica viaje, el sueño indica viaje y el duelo, haber  ya conocido;  ya viajado. Y allí empotrado sigue como el jinete de Clavileño, aunque las cosas y los asuntos difieran siguen siendo lo mismo en ese sucederse del misterio de la vida. “Vive si puedes”, es un Lied, el lay y es la cantiga, de lo aprendido y confesado, no para enseñar sino para mostrar lo que ha vivido. No lo que ha aprendido pero si lo que ha aprehendido. Como el pájaro soledad, estático en su rama, levanta el pico y canta. Es el ADN del ancestro lingüístico de cuando en Europa el latín explotó en romances, y así un eco del Cid campeando por los mares del sur al pie de la cordillera andina. Este nuestro poeta, lleva un escudo de palabras frente a las desesperanzas. Sus dedos digitan el silencio de donde salen todos los hechizos para embrujarnos con su ritmo: “Cada uno miraba en torno a sí / O al patio  / Y algo adentro escapaba de las manos.”

La tercera velocidad es la del cohete viajando en el vacío. Allí, inmanente en ese sucederse de las horas y sin el aguamanil para lavarse el rostro de los días: “De aire son las horas / como es de aire / El aire del ensueño, / Y mi alma les habla / Del misterioso azul / Del duelo de las cosas.” O para el caso: “La alegría de este cielo / Que miramos en silencio:”.

No todo lo dicho aquí se puede ver en sus palabras, más todo lo elucubrado aquí lo inferí de sus palabras. Él le habla al poeta desde su nave de ensueños: “Lo que debes hacer es bellos versos, / Dijo en silencio el ángel al poeta; / De tus canciones la fuente secreta / Sean, el suave decir que hace los tersos / Pliegues de las palabras, los dispersos / Ecos de voces santas, la discreta / Historia de tu alma y la violeta / Mirada por tu alma. Bellos versos / Que hablen de antiguos cielos y de horas / Amadas y de seres que te amaron / Y de vuelos de alas misteriosas / Que a solas pasan cuando a solas lloras / Por lo que con la infancia te quitaron. / Lo que debes cantar es bellas cosas.” A veces, hay que hacer caso.

García Maffla tiene todo un acervo de fuentes que han nutrido su lira, su laúd, su arpa, su tiple o su charango; en sus palabras que rescato de un texto de huellas de su paso del ojo por las páginas, dice esto: “…la Obra de Gustavo Adolfo Bécquer, la Antología de Gerardo Diego con las voces del 27 y, al cabo, Cesar Vallejo y luego, al paso de años, Mario Rivero y Francisco Cervantes. Por muchos años me acompañó en mi quehacer Giovanni Quessep, algo que sucedió en la vida misma, porque en la Universidad encontré a Ramón de Zubiría, a Fernando Charry Lara, a Daniel Arango o a un exégeta de lo Poético: Danilo Cruz Vélez. Luego Juan Manuel Roca. “, la viruela, el sarampión, o la lepra literaria para quienes este asunto poco importa, a Maffla, le brotan transformadas en abejas meleras, que igual, llevan su ponzoña.

En cualquier caso, estamos ante un verdadero lírida que en materia de versos nos dice: “Pero oye también / Esto que no te dice: / Que no le oigas y te oigas, / Que tu voz es su voz y es la del cielo. “.

Este poema, titulado Poetas y dedicado a otro poeta: a Alfredo Pérez Alencart, ya justifica leerlo de nuevo:

Los poetas son como los pájaros:
Ninguna
Cualidad aparte de volar y cantar,
Ninguna posesión que no sea el aire.
Inofensivos y depredadores
Lloran con el llanto del mundo
Y el dolor del dolor es su dolor.
Saben lo que la vida es y no pueden vivir.
(Los hombres de negocios, en cambio,
Son como los aviones:
Vuelan más alto
Y verdaderamente llegan a algún sitio).Efímeros y bellos,
Van tras de su alimento
Por eras de los sueños o jardines del duelo,
Y las palabras son sus plumas.
Sienten la eternidad en el instante,
Pues nada
Sino el instante eterno tiene,
Como su vuelo que son sus canciones.
Nada pueden hacer Como no sea decorar las calles,
Nada sino ser nadie,

Si no es el nido de sus versos nada saben hacer. 

lunes, 12 de junio de 2017

LAS LÓGICAS DEL PEATÓN / Darío Ruiz Gómez



LAS  LÓGICAS DEL PEATÓN

Darío Ruiz Gómez

La persona que camina va estableciendo lo que Charles Moore califica como hitos en un recorrido, es decir, los lugares en que, inconscientemente,  el cuerpo se detiene porque hay siempre un lugar preferido, porque se busca conversación,  y, ya cargado de nuevas palabras,  reanudar el camino hacia la dirección trazada. Los diseñadores  urbanos hacen  dibujos  abstractos  que de inmediato  el caminante pone en entredicho  cruzando  por donde la lógica  del terreno lo dicta,  de manera que a los días  se  logra distinguir  en el césped el trazo del verdadero sendero consagrado  por  la  lógica del  peatón. Uno buscaba  los recorridos  que había llegado a amar,  escogencia que se basaba en la calidad de la arquitectura de una calle, en el misterio que establece siempre una alta tapia  coronada de veraneras, o en las calles dominadas por la actividad  del comercio con sus más variopintos actores, los chóferes, los bulteadores, los que siempre están obstaculizando el paso, los payasos que ofrecen mercancías, las señoras que buscan las rebajas. La definición de calle nace de esta escogencia vivencial en la cual están involucradas las imágenes que nos dieron el cine, los libros, decimos recorrido en tanto interiormente nos estamos reconociendo a nosotros mismos como hijos de la familia humana. La famosa Carta de Atenas en la cual se detallaban las medidas y las condiciones a tener en cuenta para que un poblado se transformara en una ciudad, cometió el terrible error de considerar la calle como un trazo recto que une dos puntos entre sí como si la calle se limitara a cumplir despiadadamente una función estricta, olvidando que entre A y B se dan, mientras caminamos, infinidad de opciones como el encontrarnos con un amigo a quien hace años no veíamos e invitarlo a tomar una cerveza,  como el observar un piquecito de fútbol de niños o entristecernos porque ya no está el ciego de la esquina,  actividades e impresiones   no reducibles por el  estéril racionalismo de un urbanismo sin alma o como sucede en el Medellín actual, a una salvaje  improvisación que  ha sido capaz de ir destruyendo las aceras, la escala necesaria de los parques, matando calles sin piedad alguna, haciéndonos alejar de lo familiar.

Con clarividencia el urbanismo y la Planeación en la Alcaldía del Dr Ignacio Vélez Escobar en 1968 replanteó las aceras como elemento urbano indispensable en una Medellín moderna. Si ya el Plan Regulador había sabido dar respuesta a estas necesidades en barrios  tradicionales  como La América creando en Laureles y El Estadio una malla urbana moderna a escala siempre del peatón ¿Qué catástrofe sucedió a nivel de estos conceptos para que en las dos últimas décadas el peatón haya sido ignorado trágicamente? Las estadísticas nos dicen que cerca de 150 peatones mueren al año atropellados en calles mal señalizadas, invadidas por un enloquecido tráfico vehicular y no hablamos  de quienes sufren amputaciones  y quedan inválidos para siempre, la cifra es espeluznante  y pone de presente lo que supuso desde entonces la fetichización del  vehículo, la privatización del transporte público y la guerra de transportadores, una mediocre burocracia  y la ausencia agresiva de un replanteamiento de las aceras para racionalizar  la circulación  impidiendo las agresiones al peatón quien,  bajo la ideología del progreso, quedó abandonado a su suerte, convertido en un paria en la ciudad que sólo él define.
    


THEODORO ELSSACA EN LAS VANGUARDIAS / Juan Mares






THEODORO ELSSACA EN LAS VANGUARDIAS



                                                 Elssaca, Theodoro. Travesía del Relámpago
                                                  Ediciones Vitruvio. Madrid 2013



Juan Mares



Cada libro que te llega tiene su cúmulo de experiencias vitales, conceptuales, espirituales y en general, de ilación de letras que van hilvanando palabras que se tejen tras la trama y la urdimbre de ideas y propósitos creativos que te llenan de experiencias cognitivas.

Es apenas obvio que todo libro tiene un autor, pero no todo autor tiene un recorrido como el de Elssaca, en vivencias con la interpretación del mundo desde la literatura exploratoria, permeada de un Mallarmé y de todas las posibilidades que se otorgan al creador para llegar hasta la poesía chamánica y un poco la abscóndita, como a la caza de ese algo oculto a los ojos físicos y sin embargo intuitivamente al pie de la oreja de elefante para atrapar la mosca. Es decir, la poesía.

A Elssaca lo conocí en Salamanca, en un recital anual que se celebra en la Universidad emblemática de todas las que en España son, han sido y serán. Lo vi y escuché declamando más que leyendo, como en una especie de performance donde al finalizar el texto se me erizaron los pelos de mis muñecas creyendo que iba a sacar del chaleco o del bolsillo del pantalón un revolver para darse un tiro. O lanzarse de la plataforma hacia el público expectante. Lo sentí total, con una entrega inaudita pero completamente humana. Ahora he leído sus poemas y los he degustado línea tras línea con la disciplina del caminante sobre pastizales aun llenos de clorofila cuando ya tiene la experiencia del desierto, o escrutante sobre el espinazo andino y sus faldas.

Travesía del Relámpago es la obra donde se condensa mucho de su trabajo en esa itinerancia por diversos países y continentes enciclopédicos, donde cada hallazgo a partir de lo creativo es un verso develando sus incógnitas frente al espejo del mundo.

En su Epígrafe #1 nos insta a que arranquemos la melodía que nos llene de armónica energía de entre los truenos y libemos de la flor de la luz su aurífero relámpago:
“Libad el néctar de la música
Sostenida en el aire de la noche,
Ola aurea
Perdida en el trueno y la luz.”

En El Espejo Humeante fluyen los elementos chamánicos sin que se deje de espejear lo mallarmeano para decir su asombro entre líneas y silencios tras las pausas del verso:

“Es el tercer día
              el chamán me conduce hacía la montaña del aire
                         la ascensión a los más altos dominios

Atalaya de los vientos
desde donde puedo ver la historia
deslizándose como una corriente
iridiscente


                El aire oxigeno me hace más puro
                                                                        más liviano
                                                                                           traslúcido”

Se trasluce lo apollinairesco de soldado del verso, se deja ir en su cardumen de palabras transcribiendo su experiencia chamánica cuando usa los espejos para decir lo mitológico, como un elemento de contenido simbólico y develante de ancestros perdidos y rescatados para la memoria:
“sobrepasado de otras realidades
atravesándolo puedo ver
a los Magos Danzantes
del Paukartampu”

En una página de Internet se le describe con unas características reflejadas en su obra de indiscutible construcción de trabajador del mundo del verbo hecho a imagen y semejanza de su talante creador: “La obra de Elssaca responde a proyectos de su visión e investigación creativa sobre la realidad. Sus trabajos resumen una vibración sensible alrededor de un tiempo histórico, un lugar o un acontecimiento, capturados con un carácter inconfundible y agudo…”, lo afirma Sergio Montero Van Rysselberghe, quien fuera uno de sus maestros.

Indudable es su persistencia en la investigación creativa partiendo de innúmeras fuentes del paisaje de las vanguardias latinoamericanas, europeas y la sapiencia oriental.

Se aventura en el ejercicio de los siete caligramas distribuidos en la antología donde se puede ver el trasunto de la poesía concreta y la tendencia al vértigo, manifiesto en cada vorágine del juego galáctico de su entrañamiento con las palabras. Es la alucinación del poseso por el lenguaje y así desgranar un poco de sabiduría:
 “…  …   …   …   …   …   …        …   …   …   …  …    …    …    …        
Somos nosotros los fantasmas del arcaico tren diluido
Al paso de los bosques nativos del éter…”

El canto elssaquiano es rio del discurso ebrio de las palabras, que se evocan para los encantamientos y ritos del baquiano que medita y transcurre para sus elucubraciones tras el enigma y la clarividencia de lo finito y lo infinito, como una paradoja de la distancia y el acercamiento de las energías que gravitan en torno a los paisajes andinos y en la geografía providencial del poema. Veamos en unas líneas de su Ars Poética:

“Todos los lagos, pupilas del mundo, con sus ríos que van a ser océanos eran el azul, reflejando en lontananza el universo enigmático habitado por las deidades, ocultas en ese infinito ultramar.”

Meterse en el corazón de las palabras es ir a su fiesta circulatoria para que emerjan en la epidermis del poema. Eso es lo que se precipita desde el vórtice de la conciencia de Elssaca para nombrar cada cosa, cada sistema de vida en el concepto de las imágenes en torno a sus galaxias como arropadas por la gran Laniaquea de los tiempos entre el todo y el vacío aparente.

Amanuense de la cofradía de los poetas y médium para interpretar silencios ocultos en los pergaminos, papiros, piedras rosetas y así convertirse en el adalid del discurso creativo cuando enfronta y dice:

 “Defiendo el papel con mi espada de esdrújulas
              con la pistola cargada de versos
                  y un sombrero de vocablos.”
                                                                             
Huemul bajo la arboleda al pie del risco andino y soportando la nieve, oteante en las altas breñas, razón y fuerza en alas de cóndor como un heraldo nerudiano, como un contínuum magistral del tejedor de versos. Va decantando su memoria mientras vive y sueña la fiebre del brebaje mágico del chamán ante los precipicios. Y todo ello porque:

“Cada uno en su huella digital
tiene también su color y su nota.”

Luego es el ritual del árbol como eterna fuente de la sombra, del fruto, del pájaro, del nido, del mástil enarbolando al viento de los mares del sur como adalid de las altas olas en la humilde palabra que emerge de los labios del poeta:

“Árboles
Columnas de Chile.
¡Tótem prehistórico del éter!”


JUAN MARES
Poeta y escritor, Licenciado en Español y Literatura
Universidad de Antioquia, Medellín
Colombia









Theodoro Elssaca (Santiago de Chile, 1958). 

Poeta, narrador, ensayista, artista visual y fotógrafo antropologista. Viajero impenitente, ha trabajado por años en Europa. Es autor, entre otras obras, de: Aprender a morir (1983); Viento sin memoria (1984); Isla de Pascua. Hombre-Arte-Entorno, edición bilingüe (1988); Aramí (1992); El espejo humeante–Amazonas (2005); Travesía del Relámpago, antología poética (Ediciones Vitruvio, Madrid, 2013); Fuego contra hielo (Editorial Verbum, Madrid, 2014); Orígenes, edición bilingüe (Plaquette, Barcelona, 2015) y Santiago bajo cero, edición bilingüe (Bucarest, 2015). Con un recital de su obra inauguró, en junio 2014, la Primera Semana de la Poesía, en la Universidad de Salamanca. Ha recibido homenajes y reconocimientos, como el Premio Mihai Eminescu, por la prosa, durante el primer Festival Internacional de Craiova y la primera edición del Premio Poetas de Otros Mundos, otorgado por el Fondo Poético Internacional, en España. En octubre de 2016 participó en el XIX Encuentro de Poetas Iberoamericanos celebrado en la Universidad de Salamanca.

















domingo, 11 de junio de 2017

Poemas de Claudia Helena Chaverra Brand




Poemas 

de

Claudia Helena Chaverra Brand


 EL TRABAJO

Quiero amarte sin agendas,
sin reloj, sin celular;
citas sin minutero.
No quiero competir
con tu Internet
ni con tus lecturas sin cobijo.

Deja esa manía
de tanto trabajo…

te espero
para entretejer momentos
con nuestras piernas…


…..

  JOSEPHINE BARKER

Nota de sol envuelve tu  carne de ébano
que se agita con los tambores de tu esencia,
evocación de Zimbawe, gritos de cimarrones,
barcos cargueros de negros y negras sudorosas,
cadenas aprisionando el Alem,
esclava en una tierra donde el águila anida;
son los ancestros de tu alma cantarina.

Reproduces los rumores del corazón de la manigua,
de la voz entrecortada ahogada por grilletes,
los lanzas al viento para que las ánimas negras
puedan por fin quejarse sin miedo,
cantar la tristeza de una África amorrada.

¡Danza, Venus Negra, con tus pies alados,
alcanza el sol de los venados
y que tu estirpe libere las diosas de tus leyendas!.


GIOCONDA BELLI

Volcanes escupen a una ciudad sin luz,
palabras temblorosas, rictus de piedra,
una madre, su hija, esposo, se agazapan.

El miedo, poco a poco se va evaporando;
los nimbos toman trazos de esperanza,
renace Gioconda erotizando las palabras.

Musita con Erato la condición femenina,
vuela con Cupido por todos los intersticios,
habla de nuestros cantos y desencantos.

Habita las cavernas de nuestros cuerpos,
otorga voz a nuestros vientres amorrados,
canteras de lluvia, de heredad, de fuego.

Orgía donde los libros se tornan hombres
y te fecundan con un esperma especial
donde las semillas danzan con las letras.

Enlaza tu selvática y endrina cabellera
con la pañoleta “rabo de gallo” de Sandino;
desátala cuando América ría a carcajadas
y su eco se expanda por las abandonadas trincheras.

 AMANTE
Cómo encadenarte si amas
con vertientes desplegadas,
cómo atarte con canutillos,
con raíces, si amas el abismo.

Jugamos veloces con Eros,
sin eslabones, apasionados,
en cavernas, en escondrijos.

Alargo los alientos robados,
suavizo los pliegues rosados,
estelas de flujos y sudores
dejados en la etérea sábana.

Hoy es el fin de nuestro festejo,
hay anillos de atardeceres,
sólo una frase “¡quizás vuelva!”.

Esperaré en el balcón, hilando,
como Penélope a Ulises,
tejiendo, destejiendo, tejiendo,  
¿pero... cómo  hilar y deshilar
 lo que efímeramente fue mío?.
Es mejor invocar a Tánatos
para despojar de mi espectro
tus vestigios de dedos fálicos.

Evocar tu voz, tu imagen  
sin documentos o apellidos,
sin esperar tú falaz regreso.

….

  U. DE A. 1987

Hace más de veinte espacios 
se pintaban grafitis fosforescentes
con consignas como:
ANTE LA OSCURIDAD
SÉ LA LUZ QUE SE ATREVE”
ojos pícaros, poemas pequeños,
comparsas alegres donde danzaban
las mariposas amarillas
de Mauricio Babilonia,
junto a las polleras
coloreadas de esperanza.

Los universitarios idealizábamos un país
donde las nubes eran de algodón almibarado,
el maná era alimento para todos,
los ángeles aprobaban con un guiño.

Los seres alados descendieron,
poco a poco fueron desplumados,
calzaron botas en vez de sandalias,
se convirtieron en demonios
de sofisticados tridentes.

La fuente de energía, de vida,
los corredores, los cuadernos,
las crisálidas,
todo fue salpicado con la sangre
de tantos, tantas que se quedaron
en la memoria agazapados...

A todos los que nos tocó ver cambiar
el celeste del cielo por nubarrones de linfas,
nos marcaron el alma con hierro candente
los números uno, nueve, ocho, siete.