sábado, 21 de abril de 2018

LA NOCHE DE LAS BRUJAS / Darío Ruiz Gómez




LA NOCHE DE LAS BRUJAS

Darío Ruiz Gómez

La noche de Walpurgis  es una tradición popular  alemana. Es la noche en que sobre el cielo oscuro  todas las brujas y lémures se convocan en un vértigo de brincos, chillidos  detrás de los cuales se esconden las criaturas  de las catacumbas, el hedor de los muertos insepultos, de los huesos desconsolados de quienes sufrieron la brutalidad de una injusticia. Nada tiene que ver con el doméstico y festivo aliento del Halloween norteamericano lleno de niños pecosos, de brujas que reparten caramelos. No hay nada más terrible  para  la lucidez   que lograr captar  detrás de estos desmanes  de ultratumba  aquello  espantoso que las gentes no alcanzan a ver: la tragedia  escondida detrás de quienes  beben y folgan sin darse cuenta de la catástrofe inminente  que desatará  el horror y el espanto – entonces  el nazismo ad puertas-  apoderándose  de todos los lugares, de los ojos de los recién nacidos  y las palabras, sobre todo las palabras  se arrugarán como hojas secas  frente a la estampida de las gentes. Karl Kraus murió en 1936 pero sus reflexiones sobre la crisis de la sociedad alemana en ese terrible periodo  de entreguerras  cuando  ésta se va  precipitando en la irracionalidad, constituyen la  cima de un pensador cuya clarividencia  aún nos estremece al constatar que sus lacerantes  reflexiones  continúan describiendo nuestras  actuales  situaciones, la mediocridad que nos impide calibrar lo que entraña una catástrofe moral cuando una sociedad pierde sus guías espirituales y cae  en manos de oscuros demagogos.  “La tercera noche de Walpurgis” fue su último y estremecedor texto  donde avisa a los negligentes, a las almas tibias  sobre las consecuencias  del desastre que él descifra primeramente en la corrupción de los periódicos, en ese seudolenguaje  donde  se degrada  la tarea de la palabra al ser sustituida  por la falsedad de la propaganda. Una prostituta puede ser redimida, decía con su causticidad habitual ¿Pero quién podría  redimir a un periodista? No pues el periodista que es carne de verdad como Camus, indagatoria permanente sobre el acontecer histórico y el desvalido ser humano como en Ortega y Gasset sino hoy el fabricante imperturbable de “ Fake News”, de verdades posmodernas lanzadas a destajo y a capricho de lo que pida  el poder , aquel que adultera un texto o un video para distorsionar el significado  de una información, aquel que  fabrica un enemigo de la “paz” pero desconoce los derechos del opositor a pensar diferente. Kraus no habla de la  corrupción porque  al describir con exactitud amarga un estado de  vileza general nos recuerda que lo que pone al descubierto el  derrumbe,  es la putrefacción : el nepotismo, el tráfico de influencias, los carteles del robo a la educación, a la salud, los carteles de abogados para el crimen organizado, la prevaricación, las viviendas mal construidas, el robo del dinero de los niños y los epilépticos,  pero igualmente  la muerte de las ilusiones, la estafa de la revolución social por parte de burdos  narcotraficantes disfrazados de mesías ateos. ¿Cómo ejercer justicia desde una lengua desacreditada?

No puede llamarse lengua a un palabrerío  manipulado por  ideologías desacreditadas, capaz de decir que no es verdad lo que los ojos certifican porque como recuerda Gabriel Albiac  invocando a los clásicos,  “corromper el lenguaje es la raíz de todas las corrupciones”.
  

miércoles, 11 de abril de 2018

Angela Penagos, la Juglaresa


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Ángela Penagos, la Juglaresa

Víctor Bustamante

Ser poeta es una de las más arduas tareas del escritor ya, que en sus palabras, se expresa lo más personal de su escritura, así como sus devociones y su desasosiego. En la poesía no hay ninguna mediación sino que, quien escribe, de una vez expresa lo inexpresable, solo así se accede a su mundo y nos lleva a él; al escribir, perdura en su tarea. Escribir bien es su detalle, su asombro y ese asombro y esa perseverancia se comparten al leer uno de sus libros. Ser poeta, es ser honesto y ético en todo el sentido de la palabra. Un poeta no miente, un poeta eleva la palabra a la summa de sus deseos de proceder en una escritura letal que lo posee, y, desde su lejanía, nos habla. Se es poeta, pero de otro lado no se puede mentir. Las palabras fluyen como el agua fresca en una tarde de verano. Las palabras se suceden y, al apropiarse de ellas, quien escribe, se expresa y establece un diálogo con ellas. De ahí que la poesía sea un puente, circunstancia y enajenación de los sentidos, apropiación y cercanía. Así la poesía.

Lo anterior para constituir la circunstancia de que en Medellín hay una verdadera eclosión poética y, en ella, algunas mujeres establecen su escritura. Muchas veces no se escribe sobre ellas, muchas veces accedemos al desalojo y al olvido. Considero que es un merecimiento escribir y, a más de eso, en un medio tan cerrado, al atreverse a apartase de la vida normal, buscar el refugio de las palabras y compartir con los otros contemporáneos es un acto de fe. También es una manera de acceder a las preguntas personales, y, de esa manera, a mostrar su escritura, por esa razón la poesía femenina en la ciudad debe ser reflexionada, es un merecimiento, es un diálogo: poesía y cercanía, palabras y lenguaje. O escribes sobre ellas o las olvidas. Y al olvidarlas no sabes que existen te quedas solo en el comienzo,en la no lectura.

Precisamente el primer libro que he leído de Ángela Penagos ha sido el último publicado, La Flor de Arizá. (2016). En él se encuentra la plenitud de la mujer que habla del deseo, del eros vivido y presente, lejos de la queja de algunas poetas en perderse en  la servidumbre de la victimización del hombre que anda en pos de ellas y las mira con la certidumbre del placer encontrado como refugio y oasis. En cambio Ángela disfruta y lo exige, lo venera y lo salpica en sus poemas. Por esa razón hay totalidad y presencia, hay eso que llamamos confianza en su ser, en vivir y sentir no en padecer y quejarse. Pero también hay nostalgia que es la perseverancia del poeta al recordar a su madre y la bicicleta guardada como sinónimo de que la vida deja de lado ciertos ambientes. Hasta se deja seducir por la clepsidra que tanto ha poblado el mundo fantasioso de algunos poetas.

En ecos de marimba (2012), hay cierto acercamiento a lo social pero sin perder la poesía su vuelo. Hay poemas sobre las comunas, sobre las chicas que entretejen allá su dolor y su representación, así como su legado de crueldades y su trasegar. La poesía los escribe y describe sin pudor pero con cierta cercanía que da al estremecimiento de saber que ese tipo de personas y sus realidades existen. Pero también la poeta regresa a su yo lleno de gozo, así sea a insistir en sus perdidos reclamos, en la lasitud que deja el vacío de quien se va. Ecos de marimba, como su nombre lo señala, es el recuento de algo que en ella pervive como es la figura de una niña negra que le susurra a su oído sus condenas. El poema que más me llaman, la atención es “La casa de Belén”, porque allí en ese espacio vital, y somnoliento a veces, trascurre la vida de ella que aun recibe y posee las nostalgia como uno de los dones de la escritura.

Silencios del mándala (2008) aqui hay una exploración poética por el lado de ese símbolo tan presente en Cortázar que abrió unas nuevas puertas a cierta percepción. Hay un poema dedicado a Óscar Wilde, aquel que fue condenado y dejado de lado por a moral victoriana pero que en su talento aún pervive. También hay epígrafes de diversos escritores. Aquí la poeta se acerca a su familia, a sus asuntos cotidianos y no quiere dejarlos pasar de largo. De ahí que las diversas circunstancias de su discurrir quiere describirlos, reflexionarlos, decir algo sobre su presencia, sobre la inmanencia de saber que en este mundo que ella habita hay algo que la azora. No dejar que esos detalles pasen, que, así mismo, en esas personas que lee, en esas motivaciones que la llevan a recorrerlas al decirle algo en un poema las vuelve valiosas por ese poder de convocación que ella misma ha ideado para que personas, lugares, colores y circunstancias merezcan un puñado de palabras. También, a través de los diversos epígrafes, hay cierta actitud de indagación, cierto énfasis en mencionar a los escritores que la acogen a través de sus poemas; muchos de ellos seguramente son una presencia en ella misma.

Umbral del Ángel (2009). Llevada de la mano de Rilke quien aparece en varias partes y en varias alusiones en su libro, y, a quien, ella le realiza un homenaje, al hacerlo presencia en su poesía. Siempre me ha llamado la atención de Rilke por los ángeles no como una memoria religiosa, sino como la certeza que lo conjuga, que lo llena de un mundo fantasioso que puebla su absoluta sensibilidad. Además, en este libro el mejor de la escritora por la pulsión, por la permanencia en la interpelación de la poesía,  también reconoce a diversas mujeres como Meira del Mar, Ethel Gilmour, a la lejana Marga López, y a Margarita Yourcenar; mujeres talentosas que le han servido su trampa, y su dedicación en el camino profundo de las letras y de la pintura y, en al caso de Yourcenar, en el prestigio de su talento y de su firmeza en sus reflexiones y novelas.

Mándalas y ángeles constituyen un mundo ilusorio de la escritora en regocijo perpetuo, alusión y refugio. Además del tema del ángel, emerge el amor por su madre, una presencia fuerte y un tema que se filtra en sus obras y es la llamada del amor como ella lo concibe desde la dejadez, pero también desde la integridad que otorga el saber que muchas veces también reclama la ausencia en esos momentos llenos del goce, de la suprema presencia, y que a través de su escritura recobra.

En síntesis, Ángela impregna de poseía todos los momentos de su existencia. Así mismo ha decidido hallarse en esa función y, sobre todo, la de saber que así como ella muestra su voz, también con ella hay otras mujeres que establecen una determinada contemporaneidad. Que no pernoctan en el silencio sino en la acción, en la escritura sin quedarse calladas sino en buscar en la memoria aquellos instantes a través de los cuales ella misma se ha decidido por esa labor, que es nuestro grato ensueño, escribir, pero no como una costumbre sino para mostrarnos su sensibilidad y, así mismo, ocupar esos lugares que hace días ciertas mujeres han dejado de lado pero que ahora regresan con su poesía.



viernes, 6 de abril de 2018

Librería América. 59 Medellín: Destrucción y abandono de su Patrimonio Histórico

Don Fernando Navarro - Director de la Librería América ( Babel)
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59 Medellín: Destrucción y abandono de su Patrimonio Histórico:

Librería América

Víctor Bustamante

La nueva y pobre configuración actual del Centro de la ciudad continúa a ritmo categórico, descuidado y torpe, a precios patrimoniales e históricos exorbitantes, donde no se avizora ningún plan serio para salvaguardar lo que aún queda de lo que ha sido el aporte desde diversos campos como la arquitectura, la música y la literatura impresos en el corazón mismo de sus edificios, de sus casas, de sus calles: puntos de referencia. El Medellín donde se podía ir a cine o a buscar un libro, visitar la retreta, marchar a los cafés: era la socialización y el encuentro, la conversación y el humanismo, eran la caminada y la exploración cotidiana con la certeza de vivir otra atmósfera. Ya desaparecidos los teatros sin ningún reclamo, los cafés extinguidos sin reato, ahora continúan en ese ritmo escabroso el ocaso de las librerías. En este caso la extinción y cierre de la Librería América.

La calle Boyacá siempre estuvo marcada por las librerías, ya que en la esquina de Carabobo frente a la casa donde vivió Atanasio Girardot, Carlos A. Molina quien dirigía la revista literaria La miscelánea, regentaba la primera librería que hubo en la ciudad. También en esta calle existiría la librería de Emilio Silva comerciante español, que vendía vinos españoles y cigarrillos importados de La Habana. También estuvo en la misma calle la Librería Chávez y hace unos pocos años, dos, 2016, cerraron la Librería Científica, contigua a la América. En 1914, en el Café El Globo donde se topaban los Panidas para su tertulia, Pachito Latorre dirigía su librería en el mismo lugar, frente a la puerta del Perdón de la Candelaria. Así la promocionaba en los diarios: “Biblioteca El Globo. La mejor de Medellín. Mil ejemplares casi todos nuevos y todos limpios y en buen estado. Obras científicas, viajes, novelas, historia, poesía etc., etc., de los más connotados autores. Tenemos el gusto de ofrecerla al público y muy especialmente a las damas de esta Capital. Boyacá, nros. 208 y 210 (Edificio Central)”.

Boyacá, que fue la calle Real, con toda la significación que daba se ha perdido y, aun con su nombre actual, que rememora un hito histórico, la Independencia, está ahora asediada, absorbida y, aún más que empobrecida por los parasoles multicolores de la economía del rebusque. Sabemos que las personas deben sobrevivir pero, a un costo alto, se apoderan de las calles y aceras, copian el modelo sin estructuras de la prostitución, que es la disculpa más a la mano. Es más, de solo 10 prostitutas que había todas comandadas por Mabel, se pasó en poco tiempo a quince mil mujeres que regentaban su propio cuerpo como su propia registradora en 1930, hasta la proliferación de hoy.  Aún no había escrito Benjamín: “Los libros y las prostitutas se han amado desde siempre con un amor desgraciado.

En esta dirección es necesario mostrar el ámbito de lo que es hoy esa calle perdida, arrebatada al comercio normal, por el comercio informal, con su batiburrillo de música y de cine pirata con pornografía a la carta que amerita para algunos llamarla la Calle del Morbo, gafas baratas; todo copiado y sin licencia, con los parlantes de los vendedores de pomadas de Coca y Marihuana a todo taco. Y eso que no he hablado de los puestos de libros de segunda y las últimas novedades pirateadas para los gustos del transeúnte ocasional.

Este tramo de esta calle es una página llena de historia que debería leerse cada que la caminamos o la doblamos hacia otra esquina. Es cierto, estas calles son las páginas de un libro que se llama Medellín, pero esa historia no la leen ni los apurados vendedores del rebusque que almuerzan clavados a sus puestos. También esta calle, al ser planeada como peatonal, fue engalanada con materas y sus respectivos arbolitos que le daban cierto paisaje con carácter de tranquilidad, lejos de los autos, aunque pronto sufrió el proceso lento de la llegada de vendedores ambulantes que se apoderaron de ella, dejando como muestra su estado actual, hacinado, deplorable y sucio.

Hay una reflexión que, en Memorias de un librero, entrega don Rafael Vega Bustamante, “En los años cuarenta del siglo XX ocurre un cambio generacional en las librerías. Cierra definitivamente la Librería del Negro Cano y abren casi simultáneamente sus puertas dos establecimientos que permiten la continuidad de la tradición librera: la Librería América, fundada en 1943 (sic) por don Jaime Navarro y la Librería Universal, después conocida como Librería Continental, fundada en el mismo año por don Rafael Vega Bustamante”. En esta certeza su autor da a entender que en  ese momento debido a un cambio generacional, la anterior concepción sobre la administración, el manejo y mercadeo de una librería había sufrido un menoscabado donde era necesaria una nueva actitud frente al negocio de los libros.

Al frente de la Librería América existió el Restaurante Panamá, todo un sitio de encuentro luego cerrado, para abrir la callecita interior que conduce detrás de la Candelaria hasta el brazo perdido de la calle Colombia. En la esquina de Boyacá con Junín  perdura  ese signo de la riqueza y de la moda textil: Fabricato, donde su primer piso ha sido convertido en la obcecación de los vendedores callejeros. Esta pequeña historia ahora perdida entrega una calle Boyacá convertida en una de las calles perdidas, emasculadas del Centro, y cuando digo perdidas es por algo incontrovertible, es una calle donde se perdió toda génesis de autoridad y donde es evidente la expresión máxima de lo que somos: la desidia. Allí a plena luz del día sale a flote el Medellín de la economía del rebusque y de la piratería, del cine pornográfico, cd de música y librerías de segunda donde nadie ve la subcultura de la bazofia que ha germinado allí con la aquiescencia de los encargados de preservar un Centro vivo pero de no de vivos. Esta sola calle, en este tramo, es la expresión inexpresable, indigente y maltratada de lo que es hoy.

Pero ahora es el presente, a lo que ha llegado Medellín, al perder un hito significativo con el anunciado cierre de la Librería América, fundada por Jaime Navarro en 1944.  A don Jaime le gustaba la historia y le gustaba leer libros sobre acontecimientos mundiales. Allí, al mismo tiempo, junto a los libros trabajaba un experto en arreglar máquinas de escribir de cualquer marca ya fuera Underwood, Remington o Royal, para dar más rentabilidad al negocio.

Luis Fernando Solórzano autor de Mitologías y creencias populares en Colombia, a quien el escritor, asiduo a la Librería América, Hernando García Mejía, le escribió un ensayo, también trabajó aquí hasta que le dio por abrir una librería pero sin ningún éxito y además murió muy joven. Pero lo recordamos cuando afirma, “que el  mito es universal, su base es la producción de fantasías, a veces poética e inverosímiles, interpreta un sueño o una pesadilla colectiva de misterios miedos o encantos sobrenaturales, sus protagonistas son monstruos o seres fantásticos, ante los cuales el hombre es impotente “.

Y como si fuera poco añade, “El Mohán: Es un mito de las aguas, pero se le encuentra, sino en el río grande de la Magdalena. Su única privacidad consiste en seducir y raptar campesinas que se han entrado a  la pubertad, para lo cual toma figura de joven apuesto y audaz. A veces siempre, la muchacha raptada, aparece cuando menos lo piensa y en su casa ya no la esperan, hecha toda una madre”.

También trabajó en la Librería América, Luis Fernando Estrada, autor de un libro de cuentos, Gatomalo, a quien don Fernando considera aun con alta estima y a quien elogia por su cultura.

La oficina de don Fernando Navarro la presiden varios cuadros, entre ellos una copia en blanco y negro de una pintura, El taller del Maestro  de Francisco Antonio Cano cuyo original su padre había comprado en Bogotá, junto a La mula del mismo pintor. También, como coleccionista, le compró varias obras al maestro Pedro Nel Gómez. En su oficina, además, hay dos fotos de Melitón Rodríguez; una en la Playa con El Palo, con la casa de sus bisabuelos. Hay otra foto donde se nota la esquina de Junín con La Playa y el puente, réplica del estudio donde trabajaba su arte el maestro Cano. También hay un retrato a color de don Fernando pintado por Renier Jaramillo La librería también la visitaba el pintor León Molina. En la pared cuelga una evidencia inesperada, un cuadro con la mención de parte de la Secretaría de Educación Municipal por haber participado en agosto de 1945 en la primera Feria de Libro de Medellín.

Hubo un tiempo, 1970, en que el negocio de las librerías prosperó de tal manera que la Librería América abrió dos sedes alternas una cerca de la esquina de Boyacá con Bolívar, Librería Don Quijote, y otra en la misma calle Boyacá en dirección a Junín, Librería América 2.

Aquí entró Pedro Nel Gómez buscando libros de mariposas porque le encantaba el color de ellas, a esta lugar entraba el maestro Jorge Cárdenas,  era cliente el crítico de literatura Rene Uribe Ferrer, Álvaro Restrepo, Alberto Aguirre, el doctor Joaquín Vallejo, Jorge Franco en sano juicio autor de Hildebrando, también asistía allí don Conrado González. Una vez frente a su vitrina miré los dos tomos de Bedout con pasta de color verde preparados por Benigno Gutiérrez, con la obra de Carrasquilla que nunca he adquirido a pesar de mi devoción por el maestro. Aquí una tarde de 1975 mi padre me ha regalado las obras de Marcel Proust, mi escritor preferido, así como diversos libros de cine e historia que aún guardo.

Los libros más vendidos en la Librería América han sido la Biblia, El Quijote, los clásicos Platón, Aristóteles y libros técnicos que son muy costosos. En un diciembre, recuerda don Fernando, con permiso de  su autor Agustín Jaramillo Londoño, la Librería América imprimió en la Editorial Bedout, El Testamento del Paisa, con el propósito de regalárselo a sus compradores más asiduos.

El negocio de los libros ya no es viable, antes se importaban libros de España y de Argentina, el asedio de internet, los libros piratas, la falta de lectura en el país donde se lee menos de un libro al año quitan rentabilidad. Además los clientes prestan más énfasis a las empresas editoriales que a las librerías. Don Fernando lleva cincuenta y cinco años en la misma actividad todos los días, lo cual le causa monotonía pero le alegra la llegada de los clientes buscando algún libro para leer.

Cuando desaparece una librería ya no es posible asistir a buscar un libro, para viajar, aprender, fantasear. Y saber que los libros contemporáneos ya no llegarán  allí como si se tratara de un puerto ilusorio para que los viajeros inmóviles, soñadores, curiosos y pensadores, para los que viajan a través de sus páginas adquieran cocimiento y se sensibilicen. Pero en el fondo la desaparición de las librerías del Centro son la expresión misma del paso del refinamiento al analfabetismo cultural de los nuevos habitantes y dueños de las calles, a quienes no les va a interesar un libro; así ellos hayan su correlato en las personas que deberían velar por mantener un Centro digno, desde abajo en el rebusque y sin historia se tocan con quienes son los encargados de vigilar y preservar la ciudad y su paisaje, hermosearlo.

No sabemos si Medellín aun es cultural en su vida cotidiana ya que aquí se ha degradodo el acceso al conocimiento, aquí comienza la catástrofe cultural al abandonar el Centro y su historia, y entregárselo en una bandeja sucia a los actuales dueños y habitantes, a lo que es hoy una expresión miserable de comerciantes de segunda, de jibariaderos con su caramelos venenosos, de putillas con labiales chinos de poco precio, de casinos y de parqueaderos y de pensionsitas de ocasión que ya abundan más que las librerías.

Esta destrucción, este abandono, esta baja colonización por goteo a las calles y a sus lugares emblemáticos son una larga historia de descuido y mentira.









Walter Benjamin – Libros y Prostitutas




Benjamin Walter – Libros y Prostitutas

NR. 13

1.      Los libros y las prostitutas pueden llevarse a la cama
2.      Los libros y las prostitutas entrecruzan el tiempo. Dominan la noche como el día y el día como la noche.
3.      Nadie nota en los libros ni en las prostitutas que los minutos le son preciosos. Solo al intimar un poco más con ellos, se advierte cuánta prisa tienen. No dejan de calcular mientras nosotros nos adentramos en ellos.
4.      Los libros y las prostitutas se han amado desde siempre con un amor desgraciado.
5.      Los libros y las prostitutas tienen cada cual su tipo de hombres que viven de ellos y los atormentan. A los libros, los críticos.
6.      Libros y prostitutas en casas publicas… para estudiantes.
7.      Libros y prostitutas: raras veces verá su final quien los haya poseído. Suelen desaparecer antes de perecer.
8.      Qué gustosa y embusteramente cuentan los libros y las prostitutas cómo han llegado a ser lo que son. En realidad, muchas veces ni ellos mismos se dan cuenta. Durante años se cede todo «por amor», hasta que un buen día aparece en la calle, convertido en un voluminoso «corpus» que se pone en venta, aquello que, «por amor a la causa» nunca había pasado de ser un vago proyecto.
9.      A los libros y a las prostitutas les gusta lucir el lomo cuándo se exhiben.
10.  Los libros y las prostitutas se multiplican mucho.
11.  Libros y prostitutas: «vieja beata  -joven golfa-». ¡De cuántos libros proscritos antaño no ha de aprender hoy la juventud.
12.  Los libros y las prostitutas ventilan sus discusiones en público.
13.  Libros y prostitutas: las notas al pie de página son para aquéllos lo que, para éstas, los billetes ocultos en la media.






domingo, 1 de abril de 2018

Ovidio Rúa Figueroa / Víctor Bustamante

Ovidio Rúa Figueroa (Babel)
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Ovidio Rúa Figueroa

Víctor Bustamante

Jueves de semana non santa, escucho “Quiero morir de carnaval” en la voz de Ovidio Rúa con su grupo Son de la Calle, él dice: “Soy pasión soy carnaval le tengo miedo a la soledad, caminar y buscar un rumbo es mi destino, morir de alegría y de carnaval”. En esta composición, pura salsa, donde el saxo da la nota y los músicos entregan su reclamo, se exterioriza de cuerpo presente Ovidio, “dame tu aliento, dame tu amor, quiero tu canto, quiero el sudor que he regado por los caminos buscando vida y que ha fallado en esta alegría del carnaval.”  Aquí, en esta  melodía, aflora una palabra, carnaval, y es que no solo en esta canción Ovidio facilita una posibilidad de alegría, de vida, para salir del tedio y oprobio cotidiano, sino que a través de su música en País Burlesque, fue que conocí su magnífico trabajo, ya que Ovidio ha permanecido lejano, casi relegado acá pero se le aprecia en Riosucio debido a las diversas presentaciones de su grupo, es decir, a su talento, a esa música que ha llevado con sus cuadrillas a un municipio que ha desafiado el arrogante ultramontanismo del país con el Carnaval del Diablo. Tiempo de carnaval donde se escuecen las ironías del país de los titulares que se ha exaltado en el folclor y se ha apresado en él, me refiero al mal folclor. De ahí que Ovidio Rúa y sus comparsas hallen, en ese interregno aquí nombrado ese memento nunca mori sino vital para regocijarse y ser libres, ya que en tiempo de carnaval  se violan, las normas y los tiempos. Allí Ovidio Rúa ha persistido con palmaria creatividad junto a la Hermandad del Unicornio y sus comparsas son esa sugestiva utopía de crear con toda la expectativa posible  para participar allá cada dos años. El carnaval es desafiante a pesar de los años y de quienes no lo toman en serio ya que no advierten allí el verdadero desborde de alegría, de crítica y, sobre todo, de la vida que se explaya en sus diversos matices.

Días de marzo del 2018. Avenida  La Playa con la calle 52, diagonal al Teatro Pablo Tobón Uribe entr0 al estudio de Ovidio Rúa, una casa, su casa, donde es posible mirar fijadas en las paredes las fotografías con su devenir teatral, con su participación en los diversos eventos del Carnaval del Diablo. También en los otros cuartos los trebejos y los abalorios, los sombreros y los trajes, las partituras y las carpetas: puerto de los objetos de teatro en ciernes, a la espera de su sueño para que vivan de nuevo en la tesitura de su universo.  Allí una suerte de biografía visual donde se refieren sus aportes y el montaje de sus mismas obras que ha expuesto con perseverancia y la afirmación que se adquiere son su labor como director de teatro y músico.

Arriba, desde el segundo  en el segundo piso, se filtran los acordes de una banda, reiterativa en sus ensayos. Allí su hijo, Andrés Jerónimo, con sus amigos músicos afina la escena con algo de rock, con algo de otras músicas para constatar su responsabilidad y mantener el feeling, y, además, en la certeza y esperanza de ser y seguir los caminos de su padre. Es claro también, que sin advertirlo, su práctica servirá de música de fondo a esta conversación.

También en su estudio, lugar de tanto esfuerzo y designio, de tanta creatividad y destreza, descansan los otros instrumentos musicales: el piano, la guitarra, el clarinete, el saxo como símbolos y compañía así como medios de expresión cuando en esos momentos de iluminación en que necesita escribir e inspirarse para componer alguna de sus canciones, ya sea de salsa, ya sea para algunas de las comparsas futuras, ya que le dedica su aporte para su presencia en el Carnaval del Diablo en Riosucio donde se siente a sus anchas y donde ya es un riosuceño más, precisamente lejos de la ciudad de origen la Medellín de los desalojos. Esta Medellín dura y desbordada con sus mismos artistas, esta Medellín ahíta de lo internacional que no reconoce a sus talentos, y, sobre todo, a una persona como él. Pero eso ya lo sabemos y no obsta para que Ovidio sea una presencia en la ciudad, no secreta sino valorada por quienes conocen y disfrutan su trabajo, como profesor de la Universidad autónoma Latinoamericana, para que así persevere en la tolerancia de su espíritu libre, en su talento que perdura por encima de los escollos y de la indiferencia.

Dentro de esa suerte de escolástica, en Ovidio, hay una idoneidad, la alegría, la irreductible alegría y bonhomía que entrega el espíritu de carnaval, por ser abierto, por suceder en las calles, por presentarse en ellas, por ser participativo y lleno de la poesía de la espontaneidad, de la risa y del desafío. Veo las fotografías de sus comparsas que en cada año entrega una opción siempre manteniendo la independencia y ese talento, ya que él es un artista integral en el sentido estricto de la palabra.

La creación, la sincera su creación, siempre mira a otros lados, no se empeña solo en los caprichos de moda sino en la necesidad del autor de mostrar otras actitudes. De ahí la indagación por manera el pulso de la alegría del carnaval, de ahí la necesidad de apartarse de la aspereza de la música establecida, de ahí la tristeza y la melancolía, de la rabia y la desazón que afloran al escucharlo, de ahí la necesidad suya de expresarse. Todo en conjunto lo podría formular como la resistencia de un artista que habla a través de su obra.

Son muy escasos los teatreros y músicos que, como Ovidio, requieren y exigen preguntas con esta decidida verdad. La escritura, su música, su teatro, lo apartan del lóbrego, refractario y, para unos, un necesario impulso que se aparta de la conformidad, precisamente él que ha pasado por los diversos discursos ideológicos desde los años 70. Y aún se mantiene intacto en su sentido de ser un músico y un teatrero pertinaz.

Sus actos creativos poseen en apariencia el simple poder del regocijo y la de permanecer atento a lo que se sucede en el ámbito diario y le ocurre a él. Eso sí de un extremado valor, al buscar un diálogo con las personas que buscan otras posibilidades, como debe ser, al aceptar las otras voces, así sean las del silencio, así sean las de la derrota, ya que todas expresan un momento peculiar. De ahí que esa lejanía donde se le ha situado, esa infatuada manera de coexistir de ese modo, no es la anulación de su presencia sino que él la ha reafirmado con su voluntad, no dejarse soslayar, ¡que no! Ovidio ha afrontado y atravesado con indomable coraje esa línea de desasosiego y de desalojos pero él no se ha rendido, ya que él perdura en sus obras con el coraje y la certeza de mantenerse a flote y activo.

Ovidio Rúa, en su obra que cada día se torna valiosa, ha conseguido concertar una esencial y extremada sinceridad consigo mismo que es lo que hace valioso a un artista, al mantenerse explorando sus propios códigos que lo atraviesan, que lo sacuden, y en la que muchos de sus compañeros artistas naufragaron, pero que en él es una cálida, entrañable y tenaz fidelidad a su otra en proceso. Su existencia de artista que ha indagado en lo popular -como él persiste-, siempre lo mantiene atento  ser un superviviente de aquellos años donde la política eventual y fugaz de consignas fueron un  peligro de ser en sí, pero que en su trabajo lo podríamos considerar que va en la dirección que le encuentra un sentido al testimonio de quienes no claudicaron, pero que a su vez persistieron en  sumergirse en aquel camino donde la creación lo ha llevado a urdir y seguir un camino, su creación, que ahora consta como un propósito de vida, irreductible en su actitud, y que por esa apuesta permanente admiramos y compartimos.

Sus diversas indagaciones en la creación, ya sea para escribir teatro y música, perduran empapadas de una responsabilidad ética y política que refresca. El suyo es el ejercicio, extraordinariamente atento de una escritura, en teatro y música, invariablemente franca y permanente.

De esta forma, Ovidio ha logrado imponerse al relegamiento en el llamado mundo del arte, a la indiferencia en el mercado persa de las influencias y de los premios  -que a menudo reclaman los inseguros y  neófitos con deseos de una pasarela inmerecida- y así dejar de lado la presencia de un trasegar como el suyo, que no se rinde ante esas fuerzas que podrían ser oscuras pero mejor son insidiosas, porque su talento, su carácter de profesor, de compositor y director de teatro, ahí prosigue. Su obra habla por él.

Ovidio, Juan Guillermo y Edgar, así como Jerónimo, son una presencia en la ciudad, el teatro y la música bulle por sus poros.



Felipe Aljure en Medellín

Víctor Gaviria y Felipe Aljure ( Babel)


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 Felipe Aljure en Medellín

sábado, 31 de marzo de 2018

SOBRE EL CENTRO Darío Ruiz Gómez



Fotografía de Víctor Bustamante / 2018











SOBRE EL CENTRO  

Darío Ruiz Gómez

Lo que me impresiona en este momento al escuchar y leer opiniones sobre la recuperación del  Centro de Medellín es darme cuenta  que para los  encargados de esta recuperación el estudio de la historia de éste no cuenta para nada y la tarea se reduce como lo expresaba  la joven funcionaria de Infraestructura a despejar las fachadas de los edificios, a ponerse de acuerdo con los propietarios de negocios que han colocado burdos y chillones anuncios, y hacer de Junín “lo que fue en el pasado”. Aquí se olvida el hecho que supone en un momento dado el abandono del Centro por parte de Planeación Municipal en un atentado urbanístico cuyo impacto negativo condujo a la emigración de sus antiguos habitantes hacia El Poblado y a la invasión del Centro por parte del antiguo Guayaquil destrozado  también como  espacio  contenedor de una gran economía manufacturera y comercial, generador de la primera cultura urbana del país. Con la corrupción calles como Argentina y luego la calle histórica de Bolivia se vieron llenas de prostíbulos y lugares de mala muerte y con el abandono de las casas comenzaron  a tugurizarse rápidamente los antiguos sectores de vivienda con la concesión de licencias para convertir una casa en tres o cuatro negociuchos   que con sus avisos de mal gusto lumpenizaron los lugares. Lo que supuso, según la magnífica previsión de Olano, la construcción de Junín como una mainstream con sus avisos de neón, con su despliegue visual del primer piso y sus vitrinas comerciales, Junín como un lugar de intercambio social  incorporando las nuevas tipologías como pastelerías, cines continuos, fuentes de soda y un público que decía adiós con la influencia norteamericana a la vieja aldea. ¿Cómo lograron Nueva York, Chicago, Madrid desterrar al hampa que se había  apoderado de sus Centros y devolvérsela a la ciudadanía? ¿No debieron recurrir como recuerda Bobbio a la fuerza de la justicia en nombre  de que los espacios cívicos no pueden ser invadidos por el llamado comercio informal tal como lo plantea el populismo? ¿Recuerdan la estampida de violencia  promovida por los dueños de la economía subterránea y que destruyó un sector del Centro cuyos costos ascendieron a más de 14.000 millones?

El Museo de Antioquia hizo un inventario de la arquitectura del Centro, antes se había hecho para la EDU un detallado informe sobre los edificios Art Deco un valioso patrimonio de la arquitectura moderna, el Museo se planteó como eje de recuperación del Centro ¿Dónde están  estos documentos?  Lo primero que se hace para recuperar un Centro es mantener la altura de las manzanas  construidas, reconocer la presencia, como  en nuestro caso, de una gran arquitectura moderna, renovar la vida del  sector, no congelarlo. Pero ¿Y las Fronteras invisibles, la vacuna a los más pobres? Revivir la idea del Centro es algo bien importante por los interrogantes que desata: teníamos un Centro para encontrarnos y reconocernos  ¿ Dónde estamos ahora, somos los mismos o quiénes han llegado a acompañarnos?  Un Centro no se recupera sin un proyecto integral que rescate al peatón frente al caos vial actual ¿Se ha recuperado el flujo peatonal de la carrera Ecuador, de Bolivia, Perú, Ayacucho? ¿Se ha construido la avenida que prolonga Junín y El Palo hasta El Poblado?  Peatonalizar una vía es convertir al peatón en  el verdadero actor de un espacio público recuperando para el ciudadano los intangibles significados que su memoria necesita. Un trabajo complejo.